“LETRAS EN LA REGIÓN ZULIANA” del libro “Aproximaciones a la Historia de la Escuela de Letras de L.U.Z.” (Capítulo 1). Luis Guillermo Hernández y Luis Perozo Cervantes.

Portada de la Edición de 2014

“Aproximaciones a la Historia de la Escuela de letras de L.U.Z., es un libro que el Dr. Luis Guillermo Hernández y yo escribimos juntos hasta el mes de mayo de 2009 y que no pudimos concluir juntos por su fatal desenlace en manos de la delincuencia. En el año 2014 me di la tarea de organizar lo que había quedado escrito, editar lo que parecía pertinente y hacer una primera edición de este libro con nuestro naciente proyecto editorial Ediciones del Movimiento. Fue un tiraje muy reducido y su alcance también fue angosto. Hoy retomo la revisión de este proyecto y los invito a conocer la Historia de la Escuela Letras de la Universidad del Zulia, que pienso extender hasta la actualidad con una investigación que continúe ésta y cubra hasta el año 2019, cuando nuestra Escuela cumplirá 60 años de fundada”
Luis Perozo Cervantes

CAPÍTULO I
LETRAS EN LA REGIÓN ZULIANA

Se intentará hacer un recorrido, muy brevemente, desde las épocas prehispánica,  colonial y de los siglos XIX y XX del proceso histórico de la antigua Provincia de Maracaibo y del actual Estado Zulia, con su constante vinculación con las materias humanísticas en general y con las letras en particular.

Al lector interesado por obtener informaciones sobre los escritores, solamente citados en este capítulo inicial por razones de espacio para poder incursionar en el objetivo planteado en la investigación, se les recomienda consultar el conocido “Diccionario General del Zulia”, investigación enciclopédica sobre la zulianidad, de los académicos Luis Guillermo Hernández y Jesús Ángel Parra, mientras se están concluyendo varias obras de temática especializada sobre la historia literaria de la región zuliana. Del mismo modo, en la “Biblio-Hemerografía Utilizada”, se citan antologías y otras obras de carácter literario que pueden consultarse y sobre todo se recomienda la lectura de las fuentes originales de cada escritor, la única forma de conocerlo y de apreciar sus creaciones.

Época prehispánica

Las culturas aborígenes de los habitantes prehispánicos de la cuenca del Lago de Maracaibo eran de carácter ágrafas, es decir que no poseían ningún sistema de escritura y por la falta absoluta de auténticos recopiladores que fuesen objetivos, aunque algunos de los misioneros lo intentaron ser, sin embargo pasaron los materiales recopilados por los filtros éticos y morales de la religión católica y así les restaron su auténtico valor documental, han quedado muy pocas huellas socio-culturales del comportamiento de aquellos indígenas en la época anterior a la llegada de los europeos. De esas culturas de los indígenas se han logrado salvar   variados fragmentos arqueológicos, etnológicos o lingüísticos, los cuales se han podido ir recolectando a través del tiempo y de la investigación. Por lo tanto, la consideración actual sobre “literaturas indígenas“ en la historia literaria regional y nacional es de carácter muy contemporáneo, sobre todo del siglo XX y sería en esa época cuando deberían estudiarse.

Período colonial

Plaza Bolívar de Maracaibo

Serían los llamados “Cronistas de Indias“, con sus frecuentes descripciones,  plagadas de errores y de exageraciones, las fuentes básicas del conocimiento de la etapa colonial, no sólo históricamente, sino con cierto tinte literario por el uso y  abuso de sus fantasías creativas que los acercaban a la creación narrativa.

Así lo efectuarían: Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557) en su “Historia General y Natural de Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano“; Pedro de Aguado (1538-1589) en la “Historia de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada“ y sobre todo, en la ·“Historia del Descubrimiento y de la Fundación de la Gobernación y Provincia de Venezuela“; Pedro Simón (1574-1630) en las  “Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales“;  y José de Oviedo y Baños (1671-1738)  en la “Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela“, utilizando esa prosa fantástica que ya denotaba lo “real maravilloso“ del Nuevo Mundo y especialmente lo podemos visualizar en el gran versificador Juan de Castellanos (1522-1607), quien en su monumental obra “Elegías de varones ilustres de Indias“ cantaría, por vez primera, a las bellezas lacustres, describiría a sus nobles habitantes, se asombraría ante la majestuosa naturaleza y su verso recogería el recuerdo primigenio de los asentamientos poblados por los “conquistadores, de sus expediciones y de sus diversos aconteceres en aquella primera centuria del período colonial.

Podría precisarse que la escasa literatura de tema o ambientación sobre la cuenca del lago, nacería con la redacción de aquella “Lettera“ (“Carta“) del navegante ítalo-español Américo Vespucio (1454-1512), donde prácticamente pintaría, con logradas y vívidas imágenes, sus asombradas impresiones sobre el Golfo, el Lago, sus habitantes y sus viviendas palafíticas, hermosos paisajes regionales que lo embelesaron y admiraron, como a todos sus compañeros navegantes, y ante los seres idílicos que acababan de localizar con sus naves, aquel amanecer del 24 de agosto de 1499, en  el denominado actualmente “Encuentro de Dos Mundos“, el europeo y el americano.

Si se recorren exhaustivamente los tres siglos de dominación hispánica, sólo se localizan escasas huellas que puedan acercarse a la literatura. Se ha citado  la presencia de Juan Quintero, quien nació en Gibraltar (1657) y murió en Bogotá (1693), desempeñándose como sacerdote jesuita, educador y poeta, escritor de un brevísimo “poema en latín”, el primero escrito en el siglo XVII por un nativo de la entonces “Provincia de Mérida, La Grita y Ciudad de Maracaibo”, actual territorio zuliano, en el cual se expresaba así: “P. Joannis Quintero bene in Auctorem affecti Epigramma / Dum Regni primaeva Novi monimenta recludis. / Iesuadumque Deo gesta dicata refers: / lili famosum Facundus reddis honores / hisque tuo calamo Fama perennis adest /. Sic tibi mercaris miram, Mercate, coronam /. ¿Quo argento? Libro mira docente tuo /”. Ese breve poema en latín fue conservado por el jesuita ecuatoriano Pedro de Mercado (1620-1701) en su Historia de la Provincia del Nuevo Reino y Quito de la Compañía de Jesús, editada tres siglos después, en la Bogotá de 1957.

En la siguiente centuria, Juan Manuel Collado (1714- d. 1774), también religioso jesuita, educador, gramático y escritor, aportaría un Estudio sobre las lenguas americanas y la Descripción de las Gobernaciones de Maracaibo, Santa Marta y Popayán, obras que han permanecido inéditas en vetustos infolios.

En ese mismo siglo XVIII, dos esforzados misioneros aportaron los primeros conocimientos lingüísticos sobre idiomas indígenas de la región del Lago de Maracaibo. Así, Fray Francisco de Catarroja recogería en 1738, un Vocabulario de algunas vozes de la lengua de los indios motilones que avitan en los montes de las Provincias de Santa Marta y Maracaybo, con su explicación en nuestro idioma castellano, el cual versaba sobre la lengua barí y otro misionero capuchino, Fray Francisco Javier de Alfaro, iba a aportar dos trabajos en el año 1788: Catecismo en lengua india para instrucción de los indios coyamos, sabriles, chaques y aratomos, escrito por un misionero capuchino cuya identidad no se ha conocido, entre los años 1755 y 1777, esta vez correspondiente a la lengua yukpa; y Voces castellanas de la lista número dos traducidas en lengua motilona, recogidas por el mismo Francisco Javier Alfaro, relativas a la lengua barí. Esos trascendentes aportes de los dos misioneros de la zona de Perijá quedaron perdidos por casi dos siglos y fueron fundamentales al estudio del científico francés Paúl Rivet, en el año 1950, para aclarar en forma definitiva las diferencias lingüísticas entre las etnias yukpa y barí, demostrando sus auténticas filiaciones, confundidas en la época colonial, al denominarlas a ambas como “motilones.

En 1775, Gonzalo Antonio González solicitaría permiso al obispo Mariano Martí, de visita por la diócesis, para representar la comedia Para conquistar desprecios, más pueden celos que amor, en honor al Teniente Coronel Francisco de Santa Cruz, Gobernador de la Provincia, pero negado el permiso por sugerencias de Fray Pedro Tapia, al considerar la obra como lesiva a la moral y por lo tanto pecaminosa, parece ser que la creación dramática se representó en privado, en la Fortaleza de la Isla de San Carlos, empezando así la historia teatral de la provincia maracaibera, por la censura eclesiástica hacia el arte.

Así mismo,  desde el 8 de diciembre de 1789, Maracaibo celebraría con júbilo y lealtad, la proclamación de Carlos IV como rey de España y dentro de los actos festivos de toros, máscaras, danzas, fuegos artificiales y salvas de artillería de ocho días de duración, se montaron cuatro obras de teatro de autores europeos y el maracaibero Pedro Butrón escribió un texto que serviría de introducción a las representaciones, una Loa como se le ha denominado, quizás el primer intento de dramaturgia en la ciudad del Lago, comprobado por un curioso documento localizado en el Archivo General de Indias por la historiadora Ileana Parra Grazzina. En esa fecha emblemática del 12 de diciembre de cada año, se ha instituido como “Día Regional del Teatro”, por un decreto ejecutivo del Gobernador Manuel Rosales Guerrero, en los albores del tercer milenio.

En la época colonial aparecerían las primeras manifestaciones de la docencia humanística, a través de la presencia de los “Religiosos Franciscanos”, quienes al iniciarse el siglo XVII, iban a establecer un conventoen el centro de Maracaibo, el cual perfeccionaron después de los ataques piratas de esa centuria, con la instalación de una residenciao colegio, donde iban a dictar cursos de gramática, filosofía y teología. Más tarde, tras la expulsión de los jesuitas en el año 1767, se asumieron en la ciudad como los únicos educadores, enseñando lengua, filosofía, gramática castellana y latina, además de los estudios superiores de arte y de teología, cursos que no sólo sirvieron para formar a los novicios de la orden, sino que esos religiosos se iban a convertir en los instructores de aquella generación de la independencia, ya que enseñaron hasta el año 1821, cuando el convento sería eliminado por el Congreso de Cúcuta, por no tener ocho religiosos residentes como mínimo.

Así mismo, desde el año 1735, los “Religiosos Jesuitas” instalarían una casaresidenciaen Maracaibo, en la llamada “Punta de Arrieta”, ya que no habían podido fundar un colegio legalmente, intento fallido desde 1663. En la residencia establecieron las clases de primeras letras, gramática castellana y  latina, retórica, teología escolástica, verso y moral para la formación de los clérigos, cursos que extendían a los jóvenes más importantes de la ciudad, hasta su expulsión en el año 1767, por Real Orden de Carlos III, dando un gran aporte a la instrucción de la juventud de la provincia, porque además poseían una inmensa y bien dotada biblioteca, lo cual sería reconocido por el gobernador Alonso del Río y por el viajero francés Francois Raymond Depons (1751-1812) en su obra “Voyage a la partie orientale de Terre-Ferme dans l’ Amérique Méridionale” (“Viaje a la parte oriental de Tierra Firme en la América Meridional“), editada en francés, en 1806, en París, con traducciones al inglés y al alemán, y muy tardíamente al castellano, Llegaría a señalar: Lo que honra aún más a los habitantes de Maracaibo, es la singular vivacidad de su inteligencia, su aplicación a la literatura y los progresos que en ella alcanzan, no obstante el mal estado en que se encuentra la instrucción pública en aquella ciudad. Mientras los jesuitas tuvieron a su cargo la instrucción de la juventud, salieron de sus escuelas alumnos que hablaban el latín con facilidad y rara elegancia, que poseían perfectamente el arte de la oratoria y las reglas de la poesía, que escribían su lenguaje con una pureza tan notable por el atrevimiento de las ideas como por la claridad y el orden de la exposición, que estaban dotados, en una palabra, de todas las cualidades que constituyen al hombre de letras. La expulsión de estos sabios institutores arrebató a la juventud maracaibera, todos los medios de ilustrarse. No obstante la carencia de recursos para instruirse, se encuentran en Maracaibo jóvenes tan favorecidos por la naturaleza, que las menores nociones desarrollan en ellos facultades que no se manifiestan en Europa, sino con largos estudios y buenos maestros”. Esa cita, sumamente difundida, según el doctor Germán Cardozo Galué, “se convierte, en el imaginario histórico de los maracaiberos, en el acta de bautismo que da fe del nacimiento de esta comunidad a una vida intelectual destacada”. Otro importante viajero francés, Jean Joseph Dauxion Lavaysse en su obra “Voyage aux iles de Trinidad, de Tobago, de la Marguerite et dans diverses parties de Venezuela dans l’ Amérique Meridionale” (“Viaje a las Islas de Trinidad, Tobago, Margarita y a diversas partes de Venezuela en la América Meridional“), obra publicada en francés en 1813,  en París y traducida al castellano muy tardíamente, donde hizo apreciaciones muy similares, aunque al parecer el autor no estuvo en la ciudad y las obtendría de fuentes fidedignas de aquella época, como lo había efectuado anteriormente Alejandro de Humboldt (1769-1859), en su viaje de exploración por el trópico, recorriendo Venezuela entre 1798 y 1800, acompañado con Aimé Bompland, para su obra “Voyage aux régions equinoxiales du Nouveau Continent“ (“Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente“), editada en francés entre 1816 y 1831 y traducida al castellano en el siglo XX.   .

El obispo Mariano Martí (1721-1792), en su extensa visita pastoral a toda su diócesis durante doce años, recorrería y a la vez describiría todos los pueblos, ciudades, villas, doctrinas, misiones, iglesias y casas religiosas de la hoy región zuliana entre 1774 y 1776, los cuales quedaron plasmados en sus “Documentos relativos a su visita pastoral de la diócesis de Caracas 1771-1784”. Viendo la escasez de la educación en la provincia de Maracaibo, sobre todo después de la expulsión de los jesuitas, crearía una Clase de gramática, el 2 de septiembre de 1775, designando como preceptor al clérigo Rafael Silleros, para enseñar  latinidad, retórica y la gramática de Nebrija, además de hacer traducciones del latín al castellano de obras religiosas o de los grandes poetas latinos, todo ello reglamentado por un estatuto elaborado por el propio obispo, con gran rigidez escolástica, para esa institución humanística de finales del siglo XVIII.

En las primeras décadas de ese mismo “Siglo de las Luces”, por Real Cédula del 22 de diciembre de 1721, expedida por el monarca Felipe V y con la protección del Papa, se había creado la “Real y Pontificia Universidad de Caracas”, por la transformación del “Colegio Seminario de Santa Rosa de Lima”, primera institución de estudios superiores en el territorio nacional actual, la cual sería convertida por el Libertador Simón Bolívar, con la cooperación del doctor José María Vargas, en “Universidad Central de Venezuela” (UCV), al crearles sus normas en 1827, en su último viaje a Caracas.

Siglo XIX

El Correo Nacional (1821)

Pasaron los años y se instalaría una nueva centuria, con la llegada de las ideas independentistas a la Capitanía General de Venezuela. Desde el 24 de octubre de 1808 iba a surgir “La Gazeta de Caracas” de Mateo Gallagher y Jaime Lamb, y en 1818 el “Correo del Orinoco”, hitos periodísticos de aquella expectante  época, así como el nacimiento de los primeros escritos poéticos y dramáticos de Andrés Bello y más tarde, con una literatura fogosa “de vehementes diatribas contra el gobierno colonial y de versos burlescos contra sus personeros”, cuya expresión más representativa sería la prosa del Libertador Simón Bolívar.

Mientras tanto, el 21 de septiembre de 1810, había surgido la segunda Máxima Casa de Estudios en el hoy territorio nacional: la “Real Universidad de San Buenaventura de Mérida de los Caballeros”, por transformación del “Real Colegio Seminario de San Buenaventura”, secularizada en 1832 por el gobierno de José Antonio Páez y denominada, desde 1883, como “Universidad de Los Andes” (ULA), mientras la ciudad-puerto de Maracaibo solicitaba, desde principios de ese siglo XIX, una Universidad para su territorio.

Transcurría el tiempo posterior al 19 de Abril de 1810, fecha simbólica en la vida de la Capitanía General de Venezuela, cuando la gran mayoría de sus provincias habían iniciado el intrincado camino que las llevarían a la proclamación de la independencia del poderío español, el día 5 de julio de 1811, sin embargo las  provincias de Maracaibo, Coro y Guayana decidieron no participar en aquel trascendente acontecimiento libertario y permanecieron fieles a la Monarquía Española.

En la ciudad de Maracaibo, proclamada como la nueva sede de la Capitanía General de Venezuela en la persona de su gobernador Fernando de Miyares, se fraguaría una protesta o intento revolucionario, en el cual participaría el militar José Antonio Almarza (h. 1780-1837), nacido en aquella ciudad lacustre en un hogar de la élite de la ciudad-puerto, quien desde su prisión improvisaría una “décima satírica” contra las autoridades hispánicas. Sería ese texto conservado, la huella primeriza de la poesía en esa floreciente provincia comercial, en la etapa final de la oscura época colonial.

Poco tiempo después, el abogado y servidor público José Domingo Rus (1768-1835) sería elegido como Diputado por la Provincia de Maracaibo a las Cortes Generales y Extraordinarias de la Monarquía Española, efectuadas por la prisión de los reyes hispánicos Carlos IV y Fernando VII en las redes de Napoleón Bonaparte y de una rebelión popular en pro de la monarquía. Se iba a  incorporar  el 5 de marzo de 1812 hasta el 10 de mayo de 1814, sería secretario de la asamblea y firmante de la Constitución Liberal, brillando como un ardiente defensor de su provincia, la cual deseaba fiel a la Corona Española, pero que se le concedieran las necesidades básicas que merecía por su demostrada fidelidad y por la importancia comercial de su puerto. Esos discursos parlamentarios con sus múltiples peticiones, auténticos ensayos políticos de José Domingo Rus, se han conservado en dos obras: Agere pro Patria y Maracaibo representado en todos sus ramos, publicadas en la España combatiente contra las tropas napoleónicas, durante el año 1814. Entre esas peticiones destacaban: la restitución del título de Capitanía General para Maracaibo, la creación de un Colegio Real con el nombre de San Fernando, el traslado de la Silla Episcopal desde Mérida a Maracaibo, con la calificación de Catedral para la Iglesia Matriz, establecimiento de un Teatro y de una Lotería, entre otras, logrando que se le concediese el título de “Muy noble y leal” por la fidelidad del cabildo de la provincia, para agregársele al blasón de la ciudad de Maracaibo.

Mientras tanto, el terremoto nacional de 1812 destruyó casi totalmente a Mérida y el acercamiento de las tropas patriotas en la llamada “Campaña Admirable” de 1813, obligaron al traslado de la Silla Episcopal a Maracaibo, por ser fiel a la monarquía y así el nuevo obispo Rafael Lasso de la Vega se incorporaría a su diócesis en la ciudad del lago, la cual tendría su Catedral;  el Colegio Seminario de Mérida pasaría a Maracaibo con el nombre de “Seminario Conciliar y Real de San Buenaventura y San Fernando”, bajo el rectorado de Mateo Mas y Rubí, donde se concedieron los primeros títulos de bachilleres y licenciados en filosofía en 1817, a: José Isidro Silva, José María Bracho, José de Jesús Romero, José María Angulo y Francisco Oberto, entre otros, educadores y latinistas de la nueva época de la provincia, sin embargo esas fueron medidas provisionales y el Congreso de Colombia, reunido en Cúcuta, decidiría el retorno de esas instituciones a su sede original de Mérida el día 16 de septiembre de 1821, quedando de nuevo la ciudad de Maracaibo privada de instituciones educativas.

Hubo un breve intervalo en el dominio español a partir del día 28 de enero de 1821, cuando el Cabildo declaró a Maracaibo “libre e independiente del Gobierno Español” y la provincia se constituyó en república democrática y se unió con los vínculos del pacto social a la República de Colombia, siendo designada como capital del Departamento Zulia, conformado, más tarde, por las provincias de Coro, Trujillo, Mérida y Maracaibo.

Mientras tanto, un nuevo avance cultural de progreso se hacía presente, ya que el impresor francés Andrés Roderick arribaría a Maracaibo, en el bergantín goleta “Meta”, con su imprenta proveniente de Angostura y la cual trasladaba hacia Cúcuta, para cubrir el Congreso Constituyente de Colombia, sin embargo sería convencido de quedarse en la ciudad, dando origen al nacimiento del primer periódico publicado en Maracaibo, “El Correo Nacional”, cuyo primer número circularía el 9 de junio de 1821, redactado por Demetrio José Lossada, donde se publicaría un texto poético “Oda al Ejército de Colombia”, cuyo autor nunca se conoció y reseñaría la primera visita del Libertador a Maracaibo. Ese periódico pionero circularía hasta marzo de 1822, cuando cambaría su nombre original a “Concordia del Zulia”, ahora bajo la dirección del presbítero Mariano de Talavera. El mariscal de campo Francisco Tomás Morales tomaría de nuevo a Maracaibo desde el 7 de septiembre de 1822 y mantendría el poder por cerca de un año, con la imposición de un régimen tiránico, durante el cual se editaría el tercer periódico de Maracaibo, “El Posta Español de Venezuela”, el cual circularía entre el 23 de octubre de 1822 y el 4 de junio de 1823, bajo la redacción de Antonio Pariente.

Habían transcurridos los cruentos años de la guerra de independencia y las tierras venezolanas quedarían libres del gobierno español, después de la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, el 24 de julio de 1823 y la subsiguiente Capitulación del 3 de agosto de ese mismo año, cuando el último Capitán General Francisco Tomás Morales iba a abandonar el territorio de la Patria y con él, finalizaría el dominio hispano de más de tres siglos, mientras se dejaban oír en aquellos días, la voz de la musa popular de los gaiteros y de los decimistas, cantando al heroico combate naval que había ensangrentado las aguas lacustres en pro de la libertad  y de la independencia, mientras nacían las primeras escuelas públicas para niños y niñas, siguiendo el sistema de enseñanza de Lancaster, importado por el Libertador.

Durante esos sangrientos años, José Antonio Almarza se había sumado al ejército patriota para proseguir en la lucha por sus ideales de libertad y de independencia, hasta la liberación final. El entonces Departamento Zulia sería integrante de la República de Colombia, popularmente conocida como la “Gran Colombia” hasta 1830, sin embargo sombras divisionistas amenazarían el sueño de integración hispanoamericana de Simón Bolívar y por esa razón se vería al grande hombre, prácticamente volar desde Perú hasta Venezuela, para conversar con el General José Antonio Páez e intentar impedir la separación de Venezuela del proyecto integracionista. Al pasar por la ciudad de Maracaibo, en aquel año de 1826, dentro de su estado perenne de angustia existencial, se le ofrecería una cena en su honor. Allí, José Antonio Almarza, ahora oficial patriota y gran improvisador, dejaría oír su voz marabina de admiración al prohombre de América en el soneto “Al Libertador”, uno de los primeros poemas hispanos en honor a Simón Bolívar.

Por esos años de la incorporación del hoy territorio zuliano a la gran nación colombiana, un sacerdote maracaibero Fernando de Sanjust y Perozo (1748-h.1830), con cuatro borlas doctorales en filosofía, cánones, leyes y moral, de vida desordenada al estilo de los poetas goliárdicos y patriota de amplia sensibilidad democrática en la “Escuela de Cristo”, era un bardo de reconocida trayectoria, quien también había dejado oír su voz poética junto a la ribera del Coquivacoa, del cual se conservan: una “cuarteta satírica”, donde desdoraba de la avaricia de los comerciantes y los fragmentos de una “décima”, en la cual se condenaban las intensas discriminaciones sociales de aquella sociedad de base hispánica. Al final de una vida útil, extensa y pecaminosa, le estaba llegando el momento de rendir cuentas a su divinidad y en esos últimos instantes, la musa filosófica de aquel sacerdote maracaibero se expresaría a través del verso y de la rima, en su conservada: “Memoria póstuma de un enfermo a quien el facultativo le ha intimado se disponga para morir”, mejor conocida como “La despedida del mundo del padre Sanjús”.

Con esas creaciones poéticas de José Antonio Almarza y de Fernando de Sanjust y Perozo podría considerarse que realmente se daba comienzo al extenso proceso literario en la región zuliana, en momentos de la transición de la extensa y oscura época colonial a los inicios de la nación venezolana. Ellos han sido los primeros bardos, “pre-baraltianos”, los conocidos hasta estos momentos y cuyos nombres fueron rescatados por la investigación literaria regional, en la ya casi historia bicentenaria de la poesía regional.

En 1829 el obispo Lasso de la Vega, antes de partir hacia su nueva sede, fundaría en la ciudad, el “Colegio Seminario de Maracaibo”, el cual sería dirigido desde 1832 por el sacerdote y maestro en filosofía José María Angulo, gran propulsor de la educación en la ciudad, quien iba a solicitar, como rector de ese instituto, al Ejecutivo Nacional, la elevación del Colegio Seminario de Maracaibo a la categoría superior de Colegio Nacional, por petición del 16 de marzo de 1833.

Mientras tanto, en 1830, al desaparecer la República de Colombia, iba a surgir  Venezuela con sus cuatro Departamentos: Venezuela, Zulia, Orinoco y Maturín, a su vez subdivididos en once provincias, entre ellas Maracaibo, con el General José Antonio Páez como el primer Presidente Constitucional de la República y Caracas como su capital. La educación pasaría a depender del gobierno nacional, el cual había decidido crear instituciones educativas laicas, un Colegio Nacional en cada capital de la provincia, dependiente del Ministerio de Interior y Justicia, separado de los Seminarios Conciliares, que podrían continuar con administración religiosa. Así, la “Sociedad de Amigos del País”, dirigido por el doctor Manuel de Jesús Arocha,  pediría la creación del “Colegio Nacional de  Maracaibo”, en solicitud del día 11 de octubre de 1836, la cual fue concedida por José María Carreño, vicepresidente del Consejo de Gobierno Encargado del Poder Ejecutivo, por el decreto del 2 de marzo de 1837, mientras que el Senado y la Cámara de Representantes de la República, por otro decreto del 10 de marzo del mismo año, le daba al Colegio la facultad de conceder grados de bachiller en filosofía. Sin embargo, por los sucesos políticos de la época solamente se pudo  instalar el 19 de abril de 1839, en el antiguo Convento de San Francisco, como “establecimiento literario”, según el decreto de creación, donde se daban clases de gramática, principios de retórica y filosofía, resaltando la importancia de afirmar el uso del castellano en la enseñanza y no el latín como lo había sido anteriormente. Nació con los docentes Carlos Urdaneta como rector y José Isidro Silva como vicerrector, con cátedras iniciales de filosofía y gramática latina, instalándose posteriormente otras en proporción a las rentas. Así, desde el 31 de agosto de 1854 se abrieron los cursos de jurisprudencia y de medicina, bajo el profesorado de Antonio José Urquinaona y Joaquín Esteva Parra respectivamente, pudiendo el Colegio conceder grados de bachiller en esas ciencias. Desde 1881, además de los tres títulos de bachiller, concedería las licenciaturas en las ciencias filosóficas, políticas y médicas y el grado de ingeniero civil, mientras se estaban inaugurando las clases de pedagogía primaria, a cargo del vicerrector doctor Pedro Luengo, para otorgar el título de Maestro en Instrucción Primaria. Dos años más tarde, en 1883, se autorizaría la concesión de los títulos de doctores en las diversas ciencias que se estudiaban; y a partir de 1890, se podría conceder ese título de doctor en ciencias eclesiásticas, como un paso definitivo hacia la creación de la Universidad.

Ese Colegio Nacional sería sede de estudios humanísticos, propulsor del primer periódico literario “La Abejita” (1839), fundado por José Isidro Silva, su vicerrector y a su vera nacerían algunas de las primeras agrupaciones literarias, como la Sociedad “Instituto Literario” con su órgano “La Aurora Literaria” (1841-1842), la Sociedad “Eco de la Juventud” (1855-1856 y 1857-1858) y la Sociedad “Alumnos de Minerva” (1859), las dos últimas de tendencia romántica. A la distancia del tiempo, ese colegio sería el antecedente remoto de la Universidad del Zulia, mientras surgían el primer teatro y las primeras compañías dramáticas en la ciudad-puerto, con la presencia actuante de numerosos escritores, periodistas y docentes, la mayoría agrupados en sociedades literarias. Más tarde, el presidente Antonio Guzmán Blanco, a quien le agradaba que lo llamasen el “Ilustre Americano”, lograría su cometido contra la región de la cuenca del lago, al fusionar los estados Zulia y Falcón, desde 1881 hasta 1890, cuando el Zulia sería de nuevo autónomo y estaba en camino la erección de la Universidad del Zulia.

Seis generaciones literarias iban a desarrollarse a lo largo del siglo XIX marabino, de las cuales sólo citaremos a sus integrantes, por razones del limitado espacio de este capítulo inicial y se recomienda informarse sobre esta materia en obras generales de historia de la literatura.

La “Generación Pionera”, denominada “Pre-Baraltiana” por el investigador Luis Guillermo Hernández, integrada por los poetas Fernando de Sanjust y Perozo (1748-h.1830) y José Antonio Almarza (h. 1780-1837), los primeros en el tiempo, como se ha podido apreciar anteriormente; el jesuita, orador, ensayista histórico, estudioso de la geometría, de la astronomía y de la cronología Alejandro Mas y Rubí (1749-1831), cuyas numerosas obras han permanecido inéditas; el docente y orador religioso José Antonio Tinedo (1765-¿); el ensayista José Domingo Rus (1768-1835), en sus discursos políticos ya citados; el orador sagrado y poeta José de Jesús Romero (1795-1865); el militar memorialista Rafael Urdaneta (1788-1845), autor de los “Apuntamientos” o “Memorias”; y el escritor de misceláneas Manuel de Jesús Arocha (1799-1861), autor de la “Suscinta descripción física y geográfica de la Provincia de Maracaibo”, primer intento de ese tipo en la época republicana; entre otros, quienes pueden considerarse como “la primera generación biológica de escritores de la hoy región zuliana”, muy poco cohesionada en el tiempo y de  escasa producción localizada por la investigación, aunque nadie puede negarles su labor de pioneros, todos nacidos en el siglo XVIII y antecesores del polígrafo Rafael María Baralt.

La “Generación Neoclásica”, primera importante en la ciudad, estaba formada por: los docentes del Colegio Nacional de Maracaibo y oradores José Isidro Silva (1801-1865) y Carlos Urdaneta (1804-1848); el sacerdote y poeta Víctor Reparado Añez Casas (1803-1880); el poeta José de Jesús Villasmil (1812-1877); el sacerdote y educador José Francisco Mas y Rubí (1812-1876); el gramático y polemista José Ramón Villasmil (1813-1877); el poeta de creaciones religiosas Miguel Montero Herrera (1814-1896); el primer dramaturgo en el orden cronológico Francisco Gallardo, autor de “Henrique de Sicilia” (1842); y el más ilustre de todos, el polígrafo Rafael María Baralt (1810-1860), autor del Resumen de la Historia de Venezuela, modelo de la prosa castellana, poeta de gran amor por su tierra natal en Adiós a la Patria o de admiración al Libertador en su soneto A Simón Bolívar, narrador pionero en los Idilios e Historia de un suicidio, filólogo en Diccionario de Galicismos y Diccionario Matriz de la Lengua Castellana, pensador y ensayista en sus Estudios Políticos, publicados en la España de su momento histórico, donde se acercaba al socialismo utópico, aun naciente en Europa, además de haber sido el primer latinoamericano en ocupar un Sillón de Número en la Real Academia Española y haber desempeñado importantes cargos públicos en la España monárquica de la época isabelina. Así mismo, merece una cita especial Domingo Del Monte y Aponte (1804-1853), escritor nacido en Maracaibo y desde niño incorporado a la cultura cubana, donde sería importante factor del progreso cultural caribeño, en su famosa tertulia.

José Ramón Yepes

La “Primera Generación Romántica” constituida por los periodistas Pedro José Hernández (1821-1875), fundador del periodismo de opinión en “El Mara” y “El Mendigo Hablador”, maestro del sarcasmo y la ironía, poeta y dramaturgo; y Valerio Perpetuo Toledo (1828-1890), poeta satírico y epigramático, fundador del diarismo en la ciudad, con el “Diario de Maracaibo” y creador de un periódico de gran trayectoria “Los Ecos del Zulia”; y los escritores contemporáneos: Cástor Silva (1820-1899), autor de expresivas leyendas históricas de fondo religioso; Silvestre Sánchez (1820-1907), autor de un texto didáctico de geografía e historia regional; Francisco Jugo (1821-1875), dramaturgo de juguetes cómicos; Carlos T. Irwin (1823-1884), narrador para niños y orador; José Miguel Crespo (1823-1888), autor dramático; José Antonio Rincón (1823-1866), sacerdote, poeta y orador; Pedro Canga, periodista y novelista; el poeta Arístides Garbiras (1828-1900), de extensa residencia en el estado Táchira; entre otros. En esa generación sobresalían las figuras de: José Ramón Yepes (1922-1881), poeta romántico de calidad manifiesta, conocido como el Cisne del Lago, quien fue considerado “padre de la novela romántica venezolana” sobre todo de temática indígena; Amenodoro Urdaneta (1829-1905), apasionado cervantista en “Cervantes y la crítica” e iniciador de la literatura para niños, con “El libro de la infancia”; Manuel María Fernández (1830-1902), creador de las primeras comedias teatrales: “Sinvergüenza, avaro y flojo” y “Zapatero a tus zapatos” y José María Núñez de Cáceres (1822-1911), poeta humorístico en “Los nuevos Petrarca y Laura o Sonetos alegóricos a Petrona” y políglota de amplio prestigio más allá de las fronteras venezolanas.

La “Segunda Generación Romántica”, integrada por: José Octaviano González, sacerdote y orador; Apálico Sánchez, educador, ensayista y poeta filosófico; Diego Jugo Ramírez, poeta romántico, costumbrista y académico; Fulgencio María Carías, abogado y crítico literario; Víctor González, sacerdote y orador sagrado; Jorge Nevado, médico y escritor de leyendas; Manuel María Bermúdez Ávila, bohemio y poeta romántico de calidad;  el poeta Joaquín Quintero; el novelista Francisco Añez Gabaldón; el dramaturgo, poeta y novelista Arbonio Pérez; el orador patriótico Ramón Troconis Vale; el ensayista, jurista y crítico literario Jesús María Portillo; el biógrafo, ensayista y jurista Francisco Ochoa; el cronista histórico, biógrafo y fotógrafo Juan Antonio Lossada Piñeres; entre otros escritores de la época, donde destacaron Manuel Dagnino, ensayista, historiógrafo, periodista, filósofo, dramaturgo, narrador, médico y filántropo  de prestigio; Ildefonso Vázquez, sonetista mariano de abundante creatividad y comediógrafo humorístico; José María Rivas, periodista, biógrafo, cronista e importante costumbrista; y José Domingo Medrano, novelista, periodista, costumbrista, lexicógrafo del habla maracaibera y compilador de los autores literarios del siglo XIX.

La llamada “Generación Intermedia”, formada alrededor de varios órganos de difusión como “La Antorcha”, “La Voz de la Juventud” y ”La Esperanza”, entre otros, estaba constituida por: los sacerdotes, oradores y autores de obras religiosas combatiendo la masonería Francisco J. Delgado y José Tomas Urdaneta; el educador y dramaturgo José Antonio Infante; el poeta épico Abraham Ramírez; el pintor, novelista, dramaturgo, ensayista, crítico, orador, poeta, biógrafo, periodista e historiador del arte Simón González Peña; el médico y orador Candelario Oquendo; el poeta Juan C. Villasmil; el articulista de costumbres y crítico José María Ochoa González; el músico y poeta Sisoes  Finol; el periodista y poeta José María Polanco; el periodista y poeta Trinidad Bracho Albornoz; el eximio periodista Eduardo López Rivas, editor y fundador del periódico  “El Fonógrafo” y de la revista “El Zulia Ilustrado”; el político y ensayista Alejandro Andrade; el poeta  Carlos Luis Marín; el poeta Eduardo Sulbarán; el dramaturgo y poeta Pablo A. Vílchez; médico, político, historiador, poeta y ensayista Rafael López Baralt, gran luchador por la creación de la Universidad del Zulia y uno de sus rectores, fue nieto de Rafael María Baralt; el parlamentario y poeta laureado Abraham Belloso; el comerciante y poeta Clodomiro Rodríguez; el periodista y poeta Adalberto Toledo; el poeta José Antonio Gando Bustamante; el ensayista e historiador Pedro Pablo Guzmán; el poeta y dramaturgo Bartolomé Osorio Urdaneta; el médico, educador y poeta, Antonio Acosta Medina; el poeta Guillermino Finol; y el destacado educador, prosista, dramaturgo y políglota Octavio Hernández.

No pueden olvidarse los “escritos por mano de mujer”, muchos de ellos en la época romántica y con la máscara del seudónimo, como las publicaciones, casi siempre en verso, en  periódicos de la época de: Juana Áñez, Casimira Flores de Santana, Soledad Hernández, Baldomera Rincón, Hercilia Rincón Oropeza, Adelina Romero, Carmen Urdaneta A. y las hermanas Ana, Inés y María Yepes Serrano; además de las dos escritoras que fueron editadas: Julia Áñez Gabaldón (1865-1886), docente, cuentista, dramaturga y traductora del francés; y María Chiquinquirá Navarrete, poetisa y la primera mujer novelista en la región zuliana.

Diario El Fonógrafo

La literatura del siglo XIX se fraguaría al lado del periodismo regional, prolífero, frecuentemente cultural y de carácter educativo, iniciándose el diarismo con “El Diario de Maracaibo”, dirigido por Valerio Perpetuo Toledo y posteriormente la presencia ineludible de tres grandes órganos de comunicación: “El Fonógrafo”, “El Posta del Comercio” y “Los Ecos del Zulia”, dirigidos por Eduardo López Rivas, José María Rivas y Valerio Perpetuo Toledo, respectivamente, así como la revista “El Zulia Ilustrado” de Eduardo López Rivas, con algunas valiosas innovaciones iconográficas y técnicas. Del mismo modo, las numerosas agrupaciones literarias y la presencia de las “sociedades”, la mayoría de bienestar social y económico en pro del progreso provincial, los centenarios de los héroes de la independencia celebrados con inusitado esplendor  y la convivencia de los comerciantes venidos de otras latitudes lograron mejoras notables a la ciudad, como los tranvías, la luz eléctrica, el teléfono, el telégrafo, la  “Biblioteca Zuliana”, el “Banco de Maracaibo”, la “Caja de Ahorros”, el “Ateneo del Zulia” y tantas otras instituciones de auténtico progreso, como el emblemático “Teatro Baralt” con sus frecuentes espectáculos dramáticos, donde destacaría el fecundo dramaturgo Manuel Antonio Marín hijo, además de ser la auténtica cuna del cine en el país.

Udón Pérez

En la última década de ese dinámico siglo se daría a conocer la “Generación Finisecular”, con frecuencia de expresión nativista-criollista, la mayoría de cuyos integrantes cruzarían la barrera del siglo y seguirán escribiendo en las primeras décadas de la vigésima centuria, enfrentándose a los intentos de introducción del modernismo. Allí se hicieron presentes: los poetas Armando Troconis Montiel, Silfredo Flores, y Astolfo Paz, escritores precozmente fallecidos en la última década del siglo XIX; el más importante de todos, poeta y dramaturgo Udón Pérez, considerado el “maestro del verso descriptivo”; el orador, poeta, dramaturgo y ensayista Marcial Hernández, inspirado cuentista al estilo Edgar Allan Poe; los poetas Víctor Raúl Sandoval, Juan C. Tinoco, Guillermo Trujillo Durán y Dimas Ramírez; el ensayista y crítico Aniceto Ramírez y Astier; el gramático Toribio Urdaneta; el historiador Juan Besson; y muchos otros valores de las letras en la región.

Sintetizando esa centuria decimonónica en la región zuliana, se podría evocar  aquel Colegio Nacional de Maracaibo instalado el 19 de abril de 1839, cuyo centro fueron los estudios filosóficos y las lenguas castellanas y latinas, además de haber dictado estudios científicos; a cuya vera se formaron durante más de cincuenta años, grupos literarios de diversas índoles y sociedades que auspiciaban el arte y la cultura en general; donde se publicaban numerosos periódicos y revistas de contenido literario, artístico-cultural o de temática especializada, donde algunas secciones estaban dedicadas a las letras; donde la décima, la crónica popular, generalmente costumbrista, la narrativa, la dramaturgia y sobre todo, la poesía, eran los géneros cultivados por los pobladores de la región zuliana. En las dos últimas décadas de ese siglo XIX, habían llegado nuevas corrientes del pensamiento universal, como el positivismo y el darwinismo, ideas difundidas en la ciudad de Maracaibo a través de la prédica de tres valiosos intelectuales: Rafael Villavicencio, Luis López Méndez y Francisco Eugenio Bustamante. Como se podrá apreciar en el capítulo II, había llegado el esperado momento  de la creación de la Universidad del Zulia.

Siglo XX

Avenida Bella Vista a comienzo del siglo XX

Desde 1900  hasta 1904, el modernismo se había hecho presente en la región, impulsado por el Grupo “Ariel” y su antecesor “Los Mechudos”, liderizado por:   Jesús Semprum, gran crítico literario en obras como “Crítica Literaria”; “Visiones de Caracas y otros temas”, “Jesús Semprum”, “El libro que no se ha escrito” y “Crítica, visiones y diálogos”;  los poetas Emiliano Hernández, autor de “Musa Gitana”, prematuramente fallecido víctima de su destino; y Elías Sánchez Rubio, auténtico maestro del intimismo poético en “Mis siete pecados y mis siete virtudes”, además de otros jóvenes de la época inicial de esa centuria. Sin embargo, había llegado un momento importante, y a la vez muy lamentable para  la historia del Zulia: la clausura de la Universidad del Zulia, como se apreciará en el capítulo II.

Ismael Urdaneta

Entre los años 1906 y 1910, una “segunda agrupación literaria modernista” ocuparía la prensa regional, sobre todo desde la revista “Proshelios”, donde destacaban el poeta pre-vanguardista Ismael Urdaneta y el parnasiano Jorge Schmidke, el educador Alejandro Fuenmayor, el dramaturgo Ángel Fuenmayor, el historiador Carlos Medina Chirinos y los jóvenes poetas Carlos Rincón-Nebott, Carmelo Ramírez, Ciro Nava, José Ramón Yepes Trujillo y Eliseo López, entre otros.

Mientras tanto, una agrupación muy tradicionalista, el “Centro Literario del Zulia”  (1908-1912), con su revista “Prosa y Verso” haría una intensa oposición a la introducción de la corriente modernista en la región. Allí militaban, con una rigidez dogmática, muchos de los integrantes de la llamada “generación finisecular” del siglo XIX, acaudillados por el políglota Octavio Hernández, a los cuales se unieron “escritores” de la intrascendente tradición pacata de las letras regionales.

Desde el mismo momento de la clausura del claustro universitario zuliano, las siguientes generaciones iniciaron su lucha perenne por la reapertura de la Máxima Casa de Estudios, comenzada por el “Centro Científico de Estudiantes” (1910-1912), a cuyo frente estaba el adolescente Jesús Enrique Lossada, cuyo ciclo vital  estaría dedicado, en gran parte, a ese ideal colectivo.

Tras la época del modernismo imperante en las primeras décadas del siglo XX, la “Generación del 18”, el “Grupo Seremos” y el “Grupo Vertical” se convertirían en los intentos por traer la vanguardia a la región zuliana, frustrados en gran parte por el dictatorial gobierno gomecista, sin embargo allí emergieron figuras que han persistido en la historia literaria: Jesús Enrique Lossada, Eduardo Matthyas Lossada, Luis Pino Ochoa, José Ramón Pocaterra, Rafael López Troconis, Jesús Alfonso Ferrer, Santiago Hernández Yepes, Aníbal Mestre Fuenmayor, Gabriel Bracho Montiel, Luis Guillermo Govea, Héctor Araujo Ortega, Isidro Valles, Héctor Cuenca, Ely Saúl Rodríguez, Ramón Díaz Sánchez, Valmore Rodríguez, Manuel Noriega Trigo, Humberto Cuenca y José Antonio Ugas Morán, entre otros escritores.

María Calcaño

Más tarde, en las décadas de 1930 y 1940, entre figuras arrebatadas precozmente por la muerte, veremos emerger tres valientes mujeres, quienes fueron luchadoras por sus derechos cívicos y creadoras de una poesía de fuertes rasgos eróticos: Graciela Rincón Calcaño, María Calcaño y Olga Luzardo, mientras se difundía la “narrativa del petróleo”, con novelas de César Uribe Piedrahita, Ramón Díaz Sánchez y Rómulo Gallegos; narraciones breves de Eduardo Arcila Farías, Vitelio Reyes, Ramón Díaz Sánchez y Valmore Rodríguez, entre otros.  Surgiría otro intento de renovación, muy tímido, en las letras regionales con el Grupo “Tierra”, donde militaron: Hercolino Adrianza Álvarez, Mercedes Bermúdez de Belloso, Humberto Campos Brice, José Ramón Pocaterra, Rosa Virginia Martínez, Espartaco González Pacheco, José Antonio Ugas Morán y Pedro Lhaya. Mientras tanto en Caracas, se había constituido el Grupo “Contrapunto”, de aportes fundamentales a la narrativa venezolana, donde destacaron dos figuras zulianas: Ernesto Mayz Vallenilla, filósofo y cuentista y sobre todo Andrés Mariño Palacio, novelista, cuentista, ensayista y crítico de fulgurantes aportes, arrebatado prematuramente por la esquizofrenia. A mediados de esa década de 1940, como se referirá en el capítulo II, renacería la Universidad del Zulia, bajo el timón del doctor Jesús Enrique Lossada.

Llegaron los años 50, envueltos en otra dictadura militar, donde surgiría un grupo literario “Cauce”, de un carácter bastante tradicional y todavía con evocaciones y pautas fijadas por Udón Pérez, poeta fallecido hacía 25 años. Allí estuvieron, entre otros: Ida Dos Santos, José Ramón Ortega, José Joaquín Bravo Ríos, Gloria Alba Molero, José Antonio Borjas Sánchez, Evaristo Fernández Ocando, H.R. Marín Fonseca, Berthy Ríos, Marín Áñez, Gilberto Mora Muñoz, Gastón Parra Luzardo, Rosa Virginia Martínez, Mercedes Bermúdez de Belloso y Margoth Díaz Urdaneta.

Hesnor Rivera

Sin embargo, a mediados de esa década, llegaría al Zulia la irrupción del lenguaje surrealista, a través del grupo literario “Apocalipsis”. Así, el 30 de septiembre de 1955, reunidos en el bar “Piel Roja” del centro de Maracaibo, iniciaron un camino común en la poesía: Hesnor Rivera, quien había traído consigo, desde Chile, la experiencia surrealista de los integrantes de “Mandrágora”; José Ignacio de La Cruz Martínez, periodista de origen costarricense residenciado en Maracaibo y reportero del “Diario de Occidente”; Régulo Villegas y Laurencio Sánchez Palomares, estudiantes de derecho en la Universidad del Zulia; y los liceístas, Atilio Storey Richardson, Néstor Leal Moreno, César David Rincón Fuenmayor y María JoséMiyóVestrini, a quienes se unieron los artistas visuales: FranciscoPacoHung, Rafael Ulacio Sandoval y Homero Montes, también actor dramático del grupo “Sábado”.

El 23 de enero de 1958 fue derrocada la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, por un movimiento cívico-militar y entonces, en ese mismo año, en Caracas surgiría el Grupo “Sardio”, cuyos integrantes se habían estado reuniendo desde 1952, sobre todo: Adriano González León, Carlos Contramaestre, Ramón Palomares, Rómulo Aranguibel, Alfonso Montilla y Miyó Vestrini, sus miembros fundadores, a los cuales más tarde se incorporaron: Luis García Morales, Salvador Garmendia, Elisa Lerner, Rodolfo Izaguirre, Guillermo Sucre, Francisco Pérez Perdomo, Félix Guzmán y Zoila Bailey, además de varios pintores y músicos.

Al iniciarse 1959, en Caracas, se formaría el Grupo “Tabla Redonda”, constituido por: Jesús Sanoja Hernández, Manuel Caballero, Jesús Enrique Guédez, Arnaldo Acosta Bello, Rafael Cadenas, Samuel Villegas, Ángel Eduardo Acevedo, Darío Lancini, Oswaldo Barreto, José Fernández y las hermanas Doris y Ligia Olivieri, a quienes se unieron: Josefina Jordán, Aníbal Nazoa, Enrique Izaguirre, Irma Salas y Jacobo Borges, entre otros. En ese año 1959 se iba a crear la Escuela de Letras en la Universidad del Zulia, como se podrá apreciar en el capítulo II.

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