El sentirpensar del poeta: acercamiento al provincianismo cósmico desde la nosotrificación de la poesía.

Preliminar.-

Funciona la poesía para que el mundo esté. El ‘estar’, funciona como el ‘existir’  y del mismo modo implica, que se existe según el lugar donde uno se encuentre. Para la sociedad contemporánea, tecnológicamente consumida y consumista, la poesía no ejerce ninguna función útil, más allá del intercambio comercial del libro entendido en valor de uso y valor de cambio (Ruiz tirado 2008:36) en términos marxistas; pero sus funciones espirituales, cognoscitivas y ontológicas quedan sumidas en el desprecio que el mundo moderno confiere a lo que puede ser vendido porque su valor intangible supera los mecanismos comerciales del capitalismo ordinario.

Nuestra sociedad venezolana ‘desterritorializada’  por el modelo capitalista-dependiente y monoproductor (Quintero 2017:43) está extremadamente alejada de la poesía como una conciencia realizadora[1] de conocimiento, y, condición de  sustento de la identidad e idiosincrasia cultural y patrimonial antropolingüística de la nación; pero los poetas, —al parecer unos pocos, los despiertos— han continuado un discurso que parte desde la verdad de nuestro saber (Quintero 2017:57) y construyen una fuente de conocimiento que resulta nosotrico y que se fundamenta en un sentirpensar —occidentalizado si se entiende como arte— que podría permitirnos reconocer una nueva perspectiva para estos conceptos de la antropología cultural de los pueblos nuestro-americanos.

Nos permitimos el estudio de una propuesta poética que nace en la ciudad de Maracaibo, llamada el ‘Provincianismo cósmico’, levantada en las publicaciones y reflexiones del poeta Carlos Ildemar Pérez, que se entiende como una teoría de la creación poética sobre la obra de los grandes poetas de la literatura occidental y no-occidentalizada; para fundamentar esa idea, recurriremos a la obra de poetas como el andino Ramón Palomares (Escuque, Venezuela), el náhuatl Juan Hernández Ramírez (Colatlán, Veracruz, México) y el caraqueño Eugenio Montejo.

La palabra que florece: la poesía desde el sentipensar.-

“Una palabra tiene florecer cuando, aún siendo dicha por una persona, ésta enuncia su palabra desde el corazón de la comunidad” (Quintero 2017:60)

Dejemos en claro, que el conocimiento que tiene origen en la poesía, no busca validarse de ninguna manera a través de los medios occidentales de verificación. Si creemos como Carlos Ildemar Pérez en su libro La mano de obra que existe una ciencia poética en tanto su producto (no solo patrimonial, sino exactamente artístico y humano) es una forma de conocimiento tan válido como el matemático o el filosófico. Es la experiencia poética un conocimiento que tiene sus propios medios de confirmación de la verdad como en las comunidades originarias, las cosmovisiones y territorializaciones culturales,  se autodeterminan según su imaginario y “hacen” válido el conocimiento de la comunidad.

Gaston Bachelard plantea que “la poesía es una metafísica instantánea. En un breve poema, debe dar una visión del universo y revelar el secreto del alma, del ser y de los objetos al mismo tiempo” (1985:226), pero faltaba afirmar que en ese instante de revelación y lucidez, el poeta también interpretaba el sentir de la comunidad a la que pertenece, y que en la posibilidad de la realización poética está la posibilidad de concretar, como lo dice la UNESCO en la proclamación del Día Mundial de la Poesía, un medio para la autodeterminación de los pueblos.

Podemos ver en el poeta, la expresión no solo de la comunidad de habla a la que pertenece, o la más amplia comunidad de lectores de poesía traducida del mundo; sino a “aquella persona que es capaz de hablar desde el corazón de todos(Quintero 2017:60). En Ramón Palomares el verso: “Población tan nuestra como las armas con que defendemos su puertas” (Palomares 2006:139) nos pone en la disyuntiva de pensar que las armas nuestras  son nuestras, ya que las usamos en la defensa de ese nosotros que es la población. A diferencia de la comunidad indígena, esta defensa figurativa de la población no es validada en la experiencia  ni en el hacer de la defensa, sino el acto mismo de pronunciar las palabras y convertirlas en expresión artística: de allí que, la confirmación del saber cultural colectivo en poesía, obedece a su forma e intención de arte y no a que la comunidad haya decidido responsabilizar al poeta como su vocero.

José Quintero en El libro de los añú, nos presenta un elemento de importancia para entender el sentipensar de esta comunidad indígena lacustre: “kaasii wanükükarü – tiene florecer nuestra palabra” (2017:60-65). Si la palabra no florece, será incapaz de representar a la comunidad. La comunidad tiene un orden en el hacer y su jerarquía social se justifica según sus procesos particulares de terrotorialización que convivieron; en la comunidad añú, el portavoz de las tradiciones,  el que tiene la autorización de la comunidad para hacer que la palabra florezca en nombre de todos se denomina “kataakai (el que tiene saber) quien, por lo general, es un araürakai (un anciano)” (2017:60); dándole de esta manera preponderancia a la experiencia y el reconocimiento colectivo por esa experiencia, tal como podría suceder en la comunidad literaria: la consagración o reconocimiento público de un escritor se alcanza en el transcurso de los años, con la acumulación de lectores. Los grandes escritores, de diferentes maneras han logrado vencer el aparto comercial del mundo editorial, que impone conceptos literarios trivializados y desterritorializados; así vemos en la biografía grandes novelistas cuyos temas son netamente nosotrosicos, por ejemplo, las dificultades que tuvo Gabriel García Márquez o Roberto Bolaño, para imponer su talento a las editoriales, y luego a los lectores. Después de treinta años o más de carrera literaria, la comunidad de lectores amplía sus límites de territorialización intelectual y aceptan al escritor aún en sus nuevas creaciones, sin poner en tela de juicio si su nueva obra es digna de llamarse o no literatura: ha sido reconocido como un kataakai (el que tiene saber).

Quintero Weir impone dos condiciones para el florecimiento de la palabra en el hombre de la comunidad que tiene saber: de acuerdo a su forma y de acuerdo a su contenido. La primera referida a la expresión formal o rítmica que la comunidad, en su proceso de territorialización, ha decidido ponerle a las expresiones del kataakai: se refiere a la musicalidad y ritos orales para diferenciar el uso cotidiano del habla, del uso trascendente o fijatorio. En la comunidad añú y en los pueblos ancestrales esta condición ayuda a que nuevos conocimientos se fijen en la memoria oral de la comunidad. En la poesía, hay procesos similares de reconcomiendo formal del saber poético; nos referimos así, a las expresiones formales métricas que sirvieron para validar la expresión literaria ante el uso de la prosa como documento; y el uso de estructuras versales libres a partir del siglo XX, que imponen un canon más amplio pero siempre observable, y que permite distinguir elementos intencionales del lenguaje poético: la forma de expresión que facilita el reconocimiento de lo dicho como literatura.

La segunda condición: de acuerdo a su contenido¸ impone una condición semántica o discursiva en el florecimiento de la palabra, ya la descripción del problema, su resolución y conclusión “afianza la territorialidad sobre la que afincamos la persistencia de nuestra existencia” (Quintero 2017:61); ya que esta condición sirve para explicar su mundo. En el poeta, podríamos leer las intenciones estéticas de expresarse poéticamente de acuerdo a las dimensiones de la realidad poética como espacio de posibilidad de realización de un lenguaje que soporte la ficción o la metáfora por encima de la lógica; condición sin la cual la expresión formal del poema quedaría vacía: un soneto perfecto que no exprese una versión del universo poético del escritor, es un cascaron vacío o lleno de otro lenguaje distinto al poético.

El poeta náhuatl contemporáneo Juan Hernández Ramírez hace expresión de su cosmogonía indígena pero, la estructura formal de su escritura es la que reconoce la más amplia comunidad poética global; aún así, la segunda condición también se hace presente, ya que este poeta usa su imaginario ancestral para poetizar en función del contenido poético: es fiel a su cultura y a su intención de crear poemas. “Kauitl kitlapantok iseltili / tlen ipan kuetlaxtli mokajtok pamitl. (Soledad quebrada por el tiempo / es el surco dejado en a la piel)” (2010:27) ó “Ijkon kejnopa kampa tlakatki no tonal / ika koyoltototl moneljuayotis (Pero mi sombra en su lugar de origen / echará raíces con voz de pájaro cascabel)” (2010:51) son ejemplos del libro Tlatlatok tetl (Piedra incendiada) de Juan Hernández Ramírez; donde elementos propios de la cosmovisión indígena hacen contrastantes (pero cónsonos a la vez) con los elementos de la expresión poética. Otro ejemplo sería este fragmento del poema Elegía a la muerte de mi padre de Ramón Palomares en su primer libro El reino de 1958:

“Ya los gavilanes han dejado su garra en la cumbre
y en el aire dejaron pedazos de sus alas,
con una sombra triste y dura se perdieron
como amenazando la noche con sus picos rojos.
Las potentes mandíbulas del jaguar se han abandonado,
a la noche se han abandonado como corderos
o como mansos puercos pintados en el arroyo;
velos abrirse paso en el fondo del bosque
junto a los ríos que hurgan su lecho subterráneo”
(Palomares 2006:16)

Están en evidencia dos elementos que serán canónicos en la poesía de Ramón Palomares: la forma del lenguaje andino y el imaginario mágico-poético que fue construyendo, pero que ya estaba predicho desde este su primer libro. “Las potentes mandíbulas del jaguar se han abandonado / a la noche se han abandonado como corderos”, disyuntivas que alimentan el sentido poético del poema y que obedecen a la condición del contenido.  La estructura versal y el ritmo impuesto por el poema, obedecen a la intención formal de hacer poesía y en consecuencia a la condición de la forma. Florece la palabra de la comunidad en el sentimiento elegiaco de Ramón Palomares. Se deduce que el saber vivencial del poeta lo llevó a la escritura de este poema, y la expresión de su imaginario poético confirma la existencia de un saber o forma de conocimiento que a partir de la escritura se suma al patrimonio literario y del saber espiritual de la comunidad literaria, y en orden de la intimidad, al conocimiento familiar y afectivo de su pueblo y su comunidad dialectal, de la cual es representante por ser hablante. También hay un acto de territorialización, posterior a la publicación del libro, cuando el desarrollo de la trayectoria poética de Palomares fue ganando lectores en los círculos desterritorializados de las ciudades; como un proceso de aprehensión de saberes en base a la aceptación de la realidad poética como vehículo para el saber de la poesía.

Quiero Weir plantea (2017:65) que para el saber occidental el florecimiento de la palabra indígena es entendido como el “arte del mito o mitología, pues, tales narraciones representan, a lo sumo, bellas construcciones orales carentes de verdad”; y evidentemente, para los indígenas de conciencia crítica territorializada este conocimiento se sostiene en la verdad de su saber, validado por la autodeterminación cultural del pueblo. Ludovico Silva (1990:8-10) estudia el destino de la poesía con respecto a su relación con la verdad objetiva (Quintero 2017:57-60), distinta a la verdad que manejan nuestros pueblos indígenas y también, como nosotros lo creemos, los poetas. Silva propone que la poesía tiene “autonomía con respeto a la Verdad”, principio que podría acercar el conocimiento poético al conocimiento del sentipensar de los pueblos como el añú. El conocimiento poético se enfrenta a las mismas dificultades de la Kapiyaakarü watiyerawa (la verdad de nuestro saber) cuando le hace frente al saber objetivizado del conocimiento científico occidental: a la poesía se le tacha de inútil, de ficcional (entendida por mentira), de no representativa del conocimiento y la verdad. El poeta puede llegar a sentir una especie de vergüenza étnica por su condición si no se encuentra en una comunidad firme que valore su producción.

Hay un mundo que habla a través del poeta, ese mundo obedece a la visión desoccidentalizada, intuitiva, existencial y accional del humanismo, que se rebela a los intereses mercantiles, mecánicos y utilitarios de sociedad capitalista occidental. El poeta no tiene pretensiones hegemónicas en la cultura del hombre (así como los pueblos indígenas no pretenden imponer su verdad a los otros), y ese no-deseo del poder lo ubica, como a los pueblos originarios y a la gran mayoría de las comunidades, en la condición de tercer excluido (Quintero 2017:41). Tomar conciencia de ello, aunque sea solo en área creacional, confiere al poeta libertad, autodeterminismo y potencialidad realizadora.

Es la poesía una fuente viva ancestral del sentipensar del poeta (no académico ni institucionalizado), como tercero excluido de la ciudad desterritorializada y al mismo tiempo, una pieza fundamental en la nueva territorialización necesaria, en la toma de poder de las comunidades, en la sensibilización constructora de nuestro saber verdadero: va el poeta a expresar desde su multifocal punto de vista, el florecimiento de la palabra en una sociedad que es incapaz de escucharse y decidir por su bienestar. El poeta puede ser entendido como el kataakai (el que tiene saber) enclavado en la sociedad occidental, en espera ser escuchado para empezar la recuperación del saber nuestro que las ciudades han perdido.

El terruño y la terredad: saber y sentipensar de la urbanidad.

“Escribo para fundar una ciudad
donde las piedras tengan nombres propios”
Eugenio Montejo

Intuimos (o sentipensamos), tras la lectura de Terredad de Eugenio Montejo, que el poeta urbano enclavado en la ciudad, es un portador de una verdad sensible que va más allá del estereotipo de racionalización que nos impone el sistema capitalista. “Estar aquí en la tierra: no más lejos /que un árbol, no más inexplicables” (Montejo 1978:17) es el concepto más próximo a la palabra terredad que nos da el poeta Montejo. La comprensión de ese misterio por parte del poeta, el sumirse en las fuentes inagotables de una realidad poética que le permita contrastar su acción con la realidad real y ordinaria, y su acción en el estado de conciencia de creación donde se desempeña como vocero del sentipensar, abre una puerta a la sabiduría, o al menos, permite construir nuestras ópticas para poner en tela de juicio el consabido sistema hegemónico que impera en nuestra hacer urbano.

“no ha habido nunca sino pájaros, /el canto de los pájaros / que nos trae y nos lleva” (Montejo 1978:10). La propiedad realizadora de la naturaleza en la Terredad de Montejo, constituye para nuestra sociedad una salida, un redescubrir en suceso cósmico al cual pertenecemos. El poeta, al renunciar a la hegemonía, como tercer excluido, representa la voz de una ciudad venidera, que él ya habita, territorializado como está, en la poesía. El poema Caracas del poemario Terredad es un excelente ejemplo:

Tan altos son los edificios
que ya no se ve nada de mi infancia.
Perdí mi patio con sus lentas nubes
donde la luz dejó plumas de ibis,
egipcias claridades,
perdí mi nombre y el sueño de mi casa.
Rectos andamios, torre sobre torre,
nos ocultan ahora la montaña.
El ruido crece a mil motores por oído,
a mil autos por pie, todos mortales.
Los hombres corren detrás de sus voces
pero las voces van a la deriva
detrás de los taxis.
Más lejana que Tebas, Troya, Nínive
y los fragmentos de sus sueños,
Caracas, dónde estuvo?
Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,
ya no se ve nada de infancia.
Puedo pesarme ahora por sus calles
a tientas, cada vez más solitario,
su espacio es real, impávido, concreto,
sólo mi historia es falsa”
(Montejo 1978:55)

El poeta es dueño de una territorialidad expresiva, que prefigura en el objeto-ciudad Caracas elementos nostálgicos, que revela un rostro nosótrico, al menos familiar, nuclear para el poeta. “Tan altos son los edificios / que ya no se ve nada de mi infancia” deja al lector perplejo en la denuncia y evidente conciencia del poeta frente a nueva arquitectura cultural y física de una ciudad que él sigue habitando en dos tiempos. El poeta entonces recorre en dos realidades el plano físico que le toca vivir: la realidad objetiva y la realidad poética, esta última constituye su legado y contribución al saber de su lengua, ya que la otra, predecible y cuantificable está explicada en función de la lógica que impera en el sistema. Carlos Ildemar Pérez en La mano de obra de 2007 sostiene, que el poema crea una teoría al mismo tiempo que un poema.

Enrique Arenas Capiello en su libro El azogue ubicuo tiene un extraordinario ensayo titulado Poesía y conocimiento, donde comienza enunciando: “Conocer para la poesía parece enraizarse, entrañarse en el sentido, y la semántica primigenia y raigal” (Arenas 2008:203) que nos sirve para intentar definir la idea de terruño en el poeta: no solamente lugar de nacimiento, sino propiedad raigal nosótrica de la territorialidad que sobrepasa las imposiciones geopolíticas y puede expandirse o limitarse a los efectos del poeta. El poeta conoce poéticamente su terruño. Se adhiere a su idiosincrasia. El terruño de un poeta comienza en el patio de su casa y puede terminar en las fronteras de su nación o en la aldaba donde cierra el candado frente a su hogar. No es sinónimo de polis ni tiene que ver con la geografía cultural, sino con la socialización de lo más interno del individuo: colectivizar la individualidad al extremo de territorializar objetos, explicar cosmogonías privadas, costumbres que puedan universalizarse en la explicación del sentimiento que las motiva, espiritualizar la sensación y el entorno. Veamos este poema del poeta provinciano cósmico Carlos Ildemar Pérez, que es el primer poema que publicó en su carrera literaria en 1988:

“A vos abuela
Ñinguita de charco
Remolino del perro al acostarse
Gusto de limonzón en tus palabras
Estamos de ronda
Es tu danza
Vos de bajareque en bajareque
Mascando candela para adentro
Rompéis de pura sangre la cayena
Lo ajeno te sufre
La primara vez
Después
Eres turpial”
(Pérez 2015:143)

Entonces para el poeta las personas son parte del terruño: el terruño está habitado. El terruño es sus costumbres gastronómicas y su función emocional en la familia. Pero el poeta transmuta esos sucesos de la realidad afectiva y los convierte en realidad poética cuando trasciende de la muerte al turpial. El poeta también toma la voz de sus congéneres familiares y fortifica su identidad, para ejemplificarlo está este poema del mismo autor, pero de su libro Provinciano Cósmico del año 2012:

“DOÑA ÁNGELA ELENA HERNÁNDEZ DE PÉREZ

“Lo más mejor
El patio
Eso que está ahí
Pa vos aunque no esté
Donde el alma muchacho
Se te cayó”

(Pérez 2015:35)

El poeta construye su hacer poético en el terruño como principio cognoscitivo, y a través de la singularidad nosótrica, se asocia con la resistencia nosótrica que existe en las comunidades de terceros excluidos (consientes o no) de las sociedades urbanas. Las identidades religiosas y de creencias: “La rata muerta estaba en la bolsa / Sobre un poco de arena de cementerio / Olía perversa la atadura / De la verja colgaba lo maluco” (Pérez 2015:37); los giros lingüísticos apropiados desde la enseñan domestica: “Y si digo mardito en vez maldito / la maldición resulta más efectiva y completamente maldita” (Pérez 2015:23); o las construcciones a partir del imaginario oral para la composición de la obra de arte-poema: “A la jaiba / El pajarito en el mango / A la jaiba / Demasiado y despierto / La del hormiguero mortal / A la jaiba / Mi ser de la estratósfera / En cuanto me toca lo mío / A la jaiba / De tanto en cántaro / La muerte me bicha” (Pérez 2015:36); todos esos elementos constituyen la consolidación del sentipensar del poeta como conocimiento, nuestra verdad.

Desde el misterio de la Terredad que invita al poeta a sostener un diálogo nosótrico con la realidad poética, hasta el tacto con lo evidente y cercano en el terruño, confrontan el suceso cósmico de la existencia cosmogónica urbana y lo presentan a través del lenguaje poético como patrimonio almático, identitario, “clave de la existencia y la acción”. (Penn 1975:63)

 

El provincianismo cósmico: propuesta poética

El poeta comienza en sí mismo y se expande hacia dentro de sí, en proporciones solamente imaginables; y del mismo modo, se comparte con la comunidad que representa en la acción de hablante y escribiente. El Provincianismo Cósmico es una propuesta de teoría poética nacida partir de la lectura del poemario Provinciano cósmico, que se connota en la extensa obra del poeta Carlos Ildemar Pérez (17 poemarios desde 1988). La poesía que creemos llamar Provinciana cósmica, comienza en el adentro del poeta y se expande en nosotros, sus lectores, en ónticos túneles de silencios genéticos, en la familia lingual que nos habita en el zumbido de la evocación; es una propuesta poética, que se fundamenta en las torceduras más antiguas del sentido, en las más presentes magias del verbo creador: fuente de un enorme manantial que asume, sin resumir el torrente de los adentros; me refiero a las emociones del terruño.

Un poeta no es su contexto. Un poeta no es su casa, ni su barrio, ni su palabra favorita (todos elementos implantados por el sistema imperante); un poeta es un realización textual,  su patio (el del alma y de su casa materna), su vivencia absurda, su palabra más temida, la más temida por su comunidad de habla intima.

El poeta provinciano cósmico se funda en el poema como contradicción. La dialéctica que mantiene en vilo la existencia creadora de la poesía. La supuesta realidad “real” en contra de la “realidad poética”, más apta para la función creadora y expansiva de la imaginación. Un poeta es la prefiguración de la realidad poética, su corporeidad (y la del entorno almático). Se sostiene el poema en la transformación de sus adentros, para consolidar en el poema las variaciones del hacer poético.

Una forma provinciana cósmica de ser el poeta en el poema, es la deuda con los suyos (los de adentro del poema y los de fuera). El poema del provincianismo cósmico necesita de los adentros del poeta para ser. Dibuja en el poema la pertenencia. El fermento alegre de las posibilidades expresivas. El poema levanta en sí los adentros íntimos del poeta y los expone, masificándolos, al adentro íntimo de los lectores. La poesía potencia en su sintaxis el contenido significacional de la vida del poeta. Sin la vivencia interiozada y profundizada en la reflexión del poeta, ya sea sensorial o conceptual, el poema quedaría acéfalo. Sería un manojo de palabras, un artefacto, y no un poema propiamente dicho, almado.

El poeta del provincianismo cósmico confiesa. Es un desnudarse, des-enmarcarse, o un enmascarase de su yo vestido por un desnudo alucinado, en floración. Su entrega se revela ante las posibilidades de decir. Se enmaraña. No puede entregarse en la sutilidad de ser con la brusquedad de la confesión católica: el poema no busca ser perdonado. En primer plano la confesión del poeta es inútil. La delgada diferencia entre el poema y el secreto, es que el poema entrega además del sentido oracional de  lo íntimo, también la forma de lo íntimo, el lenguaje constituido para la particularidad de esa intimidad solo posible en los espacios creados para la versión del secreto que representa el poema.

En el provinciano cósmico están las cosas por verse, en la reelaboración de la vista, una visión constituida por el saber verdadero que es autosuficiente en el poema.  Sería difícil expresar con claridad todas las potencialidades del hacer poético de un provinciano cósmico, porque la mayor parte de las seguridades están siendo sometidas a la confirmación de la lectura. Por lo pronto, podríamos decir que el anuncio de lo provinciano nos servirá para descubrir aspectos valiosos en la poesía de los maestros del género y de muchos silenciados por la historia. Es una teoría de la revisión y creación del poema y el poeta.

En el año 2014 escribimos este poema que quisiéramos sirva como manifiesto, que quizá sea útil para concluir esta exploración del sentipensar desde la experiencia vital del poeta como protagonista nosótrico de la urbanidad:

EL PROVINCIANISMO CÓSMICO
comienza muy por dentro: en la lengua
va naciendo siempre
como Dios

se va haciendo en sí mismo
el mundo de los infinitos lugares
posibilidades nostálgicas

en contra del olvido
en contra de lo seco
está para el arder
de lo probadamente nuestro

aldaba de lo corazonado
no romper con palabras el pasado
con eternas palabras para que sean profundidades

muy por dentro en el fondo inalcanzable

lo que siempre nos recuerda el patio.

Bibliografía

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[1] Es muy conocido el inicio del primer capítulo de El arco y la lira de Octavio Paz: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro”, donde se da testimonio de las funciones no-capitalistas de la poesía.

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