La sociedad medieval posmodernista inmersa en la infinita negrura de los ojos ebrios de François Villon o Análisis de Sólo quiero que amanezca de Oscar Marcano

Solo-quiero-final300

He soltado mi penacho al viento,
que lo siga quien tenga esperaza.
De esto me callaré a partir de ahora,
pues quiero continuar con mi propósito.
Y si alguien me pregunta –o lo intenta –
cómo oso hablar mal de Amor,
que le contesten esta palabras:
<<Quien muere, debe decirlo todo a sus herederos.>>

François Villon[I]

 

Cuando Villon alza la copa

 

En una madrugada citadina, iluminada con la llama de una vela, tendido en el letargo del compromiso social, huyendo de ese contrato colectivo que obliga a saludar, dar buenos días, mirar cortésmente al vecino, que es un cerdo, destructor del planeta, iletrado dominical que consume los listines de ofertas con la elocuente pasión de un lector adolescente frente a la complicación existencial de Raskólnikov[II], se mueven las ideas como en un cubo de cuadritos de color, se electrifican, reordenan, toman nuevas dimensiones, caen en la hosquedad.

El texto incentiva al lector a volcarse sobre diversos estados de ánimo. Puede entrar bruscamente en la euforia o en el más inconsolable hastío. Muchas veces, en el texto urbano, podemos sentir la fría acera gangrenando nuestras vísceras a la espera de algo de oxigeno que nos recupere el aliento, oxigeno que nunca llega, aliento que queda sumido en el desasosiego de la realidad. El narrador contemporáneo tiene dos opciones de vida. Dos clases de oficios. O huirle a la imagen urbana, a la basura que se amontona dentro de las oficinas públicas, a la mala cara del chofer, al incomprendido hijo que llora la ausencia de su padre, a través de millones de desdoblamientos, vueltas al pasado, novelares históricos, suspicaces refinamientos del verbo en la popular historia Tristan, del Grial ó la mujer de Jesús (en cualquiera de los casos guardando gran valor como intento artístico, en particular por el estilo prosístico de cada narrador), sin descrédito de esas interesantes historias de esoterismo y seducción. O encarando una época, fustigando los recursos literarios que se escapan de la fétida esfera de un matrimonio fermentado o el alucinado trance de un suicidio astral. Cada quien toma su extremo en la corte de la crítica, algunos no alcanzaron a tomar las puntas y habitan en el medio, en esos bancos desconfiables, que se mueven de un lado a otro por la falta de una pata, y otros prefieren demarcar con tiza su mundo aparte, escuchando la música del MP4 mientras se lee el veredicto. El autor es esclavo de su propia libertad. Libertador sumo de sus miedos y deseos, se levanta altivo, airoso, ungido en tinta derramada, en fracciones de bosques empaquetados en quinientas unidades.

De esa agua bebió Oscar Marcano. De los oscuros manantiales de la narración urbana, solicitando del lector una intuición bizarra que demuela los miedos al reflejo y proyección de alma, con la misión de encaminar al lector a través de las fauces voraces de montañas que engullen una ciudad dormitante, lívida, desmoralizada.

Hacia un concepto de narración urbana venezolana a través del ojo renovador de Oscar Marcano

 

En las piezas narrativas de Oscar Marcano, se evidencian, se introducen nuevos indicadores de desgaste social, si es que podemos llamarlos así, nuevos epicentros de caos y atención, que abren en la literatura nacional un espectro de renovación en la llamada literatura urbana.

Las narraciones urbanas se empiezan a fraguar en Venezuela desde la primera novela de Andrés Mariño Palacio (1927-1965), Los Alegres Desahuciados, publicada en 1948, que tiene como antecedente trasgresor las narraciones cortas de Guillermo Meneses (1911-1978) que inicia sus publicaciones en 1933. Luego nos damos paseo por nombres de altura en la literatura venezolana: Salvador Garmendia (1928-2001), que trasciende con Los pequeños seres (1958), donde su magnifica observación dejó al descubierto la existencia cubierta por noblezas sociales, atados a un mundo grisáceo y misérrimo hundido en los recovecos, cada vez mas grandes y menos escondidos, de la gran urbe; Adriano González León (1931-2008), en su obra cuentística, Las hogueras más altas (1959), Asfalto-infierno (1963) y Hombre que daba sed (1967), contribuyente a la formación de una cuentística urbana, junto con su novelística, representada magistralmente en País portátil (1968), obra de trascendencia internacional; y su contemporáneo Rodolfo Izaguirre (1931- ) y su novela Alacranes (1968). Francisco Massiani (1944- ), es otro exponente urbano de finales del 60 y las generaciones reinantes en los 70, con su obra primera Piedra de mar (1968), su segunda novela Misterdoc Fonegal (1976), y sus tomos cuentísticos Los primeras hojas de la noche (1975) y El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes (1975), que configuran una narración urbana, de tono juvenil, cadenciosamente adolescente y crítica del entorno citadino.

En el mismo orden de ideas, nos remontamos a la década de los setenta y ochenta para conseguir nuevas trasgresiones al fenómeno narrativo, en manos de autores como Luis Britto García (1940- ) que con sus narraciones cortas en Rajatabla (1970) y La orgía imaginaria (1983), y sus novelas Vela de armas (1970) y Abrapalabra (1979); José Balza (1939- ) y su obra Percusión (1982), además de sus ejercicios narrativos (1995) y su teoría de la ficción en el libro Este mar narrativo (1987); Gustavo Luis Carrera, con Salomón (1994) y El signo secreto (1995); y la narradora zuliana Laura Antillano (nacida en Caracas en 1950), primera mujer en ganar el premio de cuentos de El Nacional en 1977, autora de obras como La muerte del monstruo come-piedra (1971), su primera novela, La bella época (1969) y otro grueso número de obras de literatura infantil, textos narrativos experimentales, llenos de aspereza citadina y ambiente urbano, característico aroma de ciudad.

Junto a ellos, en el año 1958, nace Oscar Marcano, y su primera publicación: Inecuaciones (1984). Narrativa que fue evolucionando con el paso de Sonata para un avestruz (1988), Cuartel de Invierno (1994), y en 1999 que sería merecedor del Premio de Narrativa Arístides Rojas y del Premio Internacional Jorge Luis Borges, mención narrativa, con el libro “Lo que Francois Villon no dijo cuando bebía”, publicado por Seix Barral Biblioteca Breve, bajo el titulo de Sólo quiero que amanezca (2002) que hoy es objeto de nuestra cita. También ha publicado recientemente la novela Puntos de sutura (2007).

En Sólo quiero que amanezca reposa una mirada acuciosa de la realidad urbana capitalina, más trascendente y sin nombre, una mirada que cabe en cualquier metrópolis acosada por la contramodernidad, y los antivalores de la alienación, tema tocado magistralmente por el escritor Eduardo Liendo en su obra narrativa, pero en las narraciones cortas de Marcano toman vigor y múltiples factores. “Pensó en Hernán. La había conquistado con el cuento de que sus espíritus se habían estado buscando desesperadamente en el transcurso de las reencarnaciones”. Oscar Marcano aprovecha la fe inusitada de los cavernícolas citadinos en las predicciones astrales, en el deseo de conseguir una guía externa a la propia intuición o sentido común.

Marcano produce a partir del gesto social, esa mueca que retuerce los pómulos prisioneros de miles de individuos condenados a caminar uno tras otro, a conducir un vehiculo rememorando el conflicto que habita en casa,  preocuparse por las personas que ama minutos antes de morir o la simple sensación de salir ebrio de un bar después de un espectáculo de sexualidad posmodernista.

Marcano alimenta su narración en un proceso de psiconarración[III] donde descubre los entretejidos de esos seres alienados, sumidos en la depresión, en el abandono, el no aceptar de los acontecimientos, que nosotros desconocemos,  de su vida; envuelto en realismo estético, el realismo del siglo XXI, de la descripción de la sociedad convulsa y  el palpitar de la carne, del veloz devaneo de las sienes, ese ir y venir frenético que obedece a un despertar, la suave y enceguecedora luz de la realidad que calcina los velos alienantes de miles de ideas pequeño-burguesas basadas en fantasías insípidas alejadas de los vicios sociales o radicalmente unidas a esos vicios.

La narración urbana de Marcano es un psicoanálisis dialéctico televisado, cual reality show, a un grupo de hombres que conviven en el drama intenso de la ciudad amenazante y profana, ese negro corazón de oscilaciones nocturnas que descansa tendido en la bóveda friolenta que el Ávila brinda en las noches capitalinas.

Imaginando un fraile calvo del siglo XXI escribiéndole a la Virgo de Berceo

Este libro, que hoy nos mira junto a la mesa de dormir guarda en sus páginas dos partes, la primera de ella titulada Mester de Clerecía, conformado por diez relatos de espeso contenido humano. El primero, Goldfish es el metaforismo  del hastío producto inmediato del desamor. Sumergido en la intertextualidad con un fragmento de Camus: “Palabras”. Los peces son testigos: “Ella mecanografiaba un trabajo sobre Camus. En la pecera, dos Goldfish abrían y cerraban la boca, como bostezando… yo bebía en una de esas copas viejas de licor, de vídrio grueso, con listas horizontales de acrílico”. Ella, atraída ardientemente por todos sus profesores. Él, con la fiel compañía de su whisky J&B. Ambos, juntos y distanciados por su pasado: un aborto. “Luego salió embarazada. Cuando me dio la noticia me puse feliz. No sabía que hacer pero me puse feliz. Ella dijo: <<ese bebe no va a nacer aunque me dejes>>. Discutimos acremente. <<¿Sabes cuánto mide?>>, me gritó. Yo señalé que poco más de un centímetro con el pulgar y el índice, ella me repuso con desden: <<¿Entonces? Y si es por alma, ese coágulo aún no tiene espíritu>>… Fue su cuarto aborto”. Ella se marcha con un profesor el fin de semana, él se queda en casa junto a su whisky, tiene que cambiarle el agua a los peces que abren y cierran su boca, como diciendo palabras, como repitiendo a Camus, consolidando un discurso silencioso que se ahoga en la cama, recordando la voz de Bogey.

El segundo relato, Los pollos, se basa en la crisis de un desempleado que busca trabajo en el alcoholismo, o por lo menos dedica al alcohol sus ratos de ocio, su tiempo de rememorar, respirar y enfrentarse. “Pedro tocaba el corno y, como tenía moto y el dinero no alcanzaba, se había empleado como repartidor en Domino’s Pizza. Pero Domino’s tenía la promoción de no cobrar al cliente si el pedido llegaba treinta minutos después de efectuado, de modo que a Pedro lo habían despedido por romper el récord de facturas exoneradas de pago.”, Cuando llega un viejo amigo a darle una mala noticia. El matrimonio de Pedro corría peligro por el nuevo trabajo de su esposa, su hijo se alimentaba de la televisión, hacinado a una ventana atiborrada de fotones, mientras unos pollos contribuían al absurdo dejando sus excrementos verdes por toda casa.

El siguiente cuento, titulado: “Lo que François Villon no dijo cuando bebía”, es la historia de un conflicto familiar, donde el hombre sale de casa debatiendo sus ideas, la última discusión que tuvo con su esposa, los niños. Con una narración en primera persona, el narrador denuncia corrupción policial, consumo de drogas y muchos otros paisajes comunes de un bar de mala muerte. Al final de la noche vuelve a casa. “Mi mujer dormía entre los niños. Tenía los ojos hinchados. Tuve ganas de abrazarlos y de pedirles perdón. Esa si era mi guerra…”

El relato Be Bop a Lula, es la ruptura de matrimonio por culpa de una adicción. En Un día sube y lo escuchamos un exmarido esta harto de cómo el nuevo novio de su mujer la golpea, mientras que el astrólogo (que es el mismo novio) la mantiene enajenada con su discurso de los astros. En el texto Set, se plantea, con una técnica magistral, la entrada furtiva de un grupo de personas a un banco para someter a los clientes que permanecen en su interior a una extraña sesión fotográfica.

En el siguiente relato: “Una mujer sentada en una caja”, evidenciamos el despertar, el hastío de darse cuenta del sistema en que estuvimos enclaustrados, y la decisión fatal, la salida oriental al rumbo oscuro. “Dora se sentó en una caja para dar el último vistazo al apartamento”, el narrador comienza una remembranza de cada espacio vacío, la hosquedad de una ruptura. “pensó en Hernán… su encuentro estaba pautado desde siempre… una historia de amor signada por el decurso de muchas transmigraciones. La había convencido de que sus almas habían coincidido por primera y única vez ahora…”, ella, permanecía impávida. “Aún no le hacía efecto el Lexotanil”. Una transfiguración, ella se construye con cada palabra. Su destino es resultado del pasado que Marcano nos va revelando a cada instante. Por último la carga de sus ayeres es demasiado pesada. “Pensó en su mamá, en Graciela, en Raiza, en el bebé. En la suerte que correrían, ahora que un crujido de estómago iniciaba la acción de las sesenta y seis tabletas de ansiolítico, en el largo sopor de una viaje que no la arrancaría de su casa”.

Los siguientes relatos: Cash, trata de un quiebre del destino, donde el personaje se relega a la casualidad; entregarse al ayer, una de las salidas que propone Marcano al agobiamiento urbano. Los Pericos, historia de amor, si es qué esa palabra puede ser utilizada para Sólo quiero que amanezca, donde se narra el sorpresivo encuentro de dos bohemios alocados que discuten con los pericos, después de una terrible noche de peleas y borracheras: “De no ser por ella esa noche me habría tirado a un carro”. Y el décimo cuento titulado El minotauro, donde se enfrentan los miedos urbanos, y se describe la convivencia de un matrimonio joven. “Le pasé por un lado y no me dijo nada. Al ver que metía las llaves en la puerta del carro, vino directo hacía mi gaznando… no dije nada… encendí el carro y puse el aire acondicionado…El polaco gritaba cosas del lado afuera del vidrio. La ráfaga de aire fresco me daba en el rostro y me hacía bien. Tuve ganas de reír y lo hice. Entreabrí la puerta y escuché clara la voz del personaje insultándome… a cada uno de los gritos aparecían dos o tres personas más… la situación era insólita. El viejo te ocupa el puesto y luego te arremete porque lo trancas…”

En síntesis, la primera parte de este libro, Mester de Clerecía, representa la puesta en evidencia de la problemática citadina. La incomprensión general, el silencio, la mentira generalizada de los astros y la tele que logran mantener una estado ilusorio, que al derrumbarse conducen al personaje a la nada, al vacío existencial, al gesto inusitado de doblar la ceja o caminar más rápido, la acción de suicidarse o emborracharse, acostarse con los zapatos puestos o agradecerle a Dios por la extraña felicidad que ocasiona sentir el sexo desnudo de su nueva amante o su esposa, aunque la institución matrimonial repose sobre ruinas.

Aclaremos a tiempo que Marcano no es un moralista, apenas si un excelente paparazzi de la cotidianidad que captura vorazmente la esencia de esos momentos grises de la sociedad medieval posmodernista.

La razón filosófica de la goliardía del tercer milenio o sólo quiero que amanezca

 

¿Existe una filosofía del arte literario?, es cuestión de buscarle excusas y escudar la falta de manejo del artilugio poético, para depositar todo la confianza del debate literario en manos de la estética. ¿Existe una estética del lenguaje? ¿La poética sodomizada por la estética? ¿Forma versus fondo? ¿Filosofo contra creador?, les juro que responder estas preguntas no es la intención de este ensayo. Marcano, más que una razón o visión filosófica de la vida, posee una mirada poética de lo contraestético que se configura luego en un discurso narrativo de valor literario, oportuno para refrescar las oxidadas bases de la cuentística nacional. Con un estilo narrativo particular, bien constituido, con frases cortas, precisas, que conducen al lector a una velocidad abismal hasta el encuentro con la carne palpitante, convulsa, de una sociedad que dormita con sus vísceras al aire.

En la segunda parte de éste libro, las generalidades quedan aparte; esos casos insignes que podrían parecer los exemplos medievales que Gonzalo de Berceo le escribe a su superpoderosa virgo María, para corregir a los pecadores y enseñarles el amor a la madre de Dios, sin dejar a un lado la denuncia ironizada; con la salvedad de que se ha escrito en el entorno de una sociedad “Moderna”, que se dice “Libre pensante”, por un hombre que se autodetermina de izquierda, y por el cual fluye la conciencia crítica de todo escritor, con la pasión renovadora y severamente artística de todo hombre digno a trascender.

Los relatos de la segunda, menos puntiformes y más dialógicos, invitan a la reflexión intensa. Marcano construye a un narrador protagonista que hace vivir a su lector los acontecimientos desde la primera toma y que le permite mover la cabeza junto al personaje, observar los colores que éste observa, alimentarse de la misma hosquedad que éste recibe. El primer relato: ¿Viste el ratón que entró volando por la ventana?, es quizá el único donde los personajes no son definidos directamente como personas de cultura media, como sencillos citadinos consumidos por la urbe, sino que deja al final, el sentimiento de encierro del indigente ante sus vicios, su falta de esperanza. “Tenían toda la mañana discutiendo y oliendo pega, cuando entró una cucaracha volando por la ventana… a cada aspirada, los ojos le bailaban sin rumbo en las órbitas y se le organizaba una dulzona mueca de imbécil en el rostro… a veces salía al desolado balcón y su vista trepaba hacía las nubes, esperando salir de aquella vida. Lo único que lograba era añadirle días, áridos e interminables días a esa misma vida.”

Los relatos de la segunda parte titulada: Mester de Goliardía, se caracterizan por  un desenfreno ilícito de ser feliz, de encontrar una salida al túnel oscuro que construimos sobre la ciudad. En Un buen restaurante italiano el drama de la incomprensión femenina, la mujer como el objeto de carne que tiene la gallardía de enfrentarse y es ignorada. “Era el día anterior al día del padre y estaba por amanecer… la mano subió hasta el glúteo y apretó suavemente buscando aprobación”, si existe una sensación de ser usado, cosa que no dudo, Marcano la expresa magistralmente en este relato. “—¿Quién me puede recomendar un buen restaurante italiano?— dijo él mirando la pared sin entregarse al nuevo abrazo de Eva. / —No sabes lo que estoy sintiendo —dijo Eva prendiéndose más—. Acá es donde debo estar. Donde de veras me siento. / —¿Te parece que llame a Nino para que me diga?”

En los once relatos de la última parte, Marcano transciende la esencia del ejemplo y convierte al relato en un retrato urbano, con personajes psicodiseñados, construidos con debilidades y sentimientos. En el relato titulado Tamagotchi, sépase que corresponde a la marca de unos dispositivos de mascotas virtuales, esos pequeños rectángulos que piden comida y derecho de ir al baño; Oscar Marcano dibuja el peso de una partida en el alma de un niño. “Recuerdo que lo senté en el mueble. / Me había visto hacer las maletas y ponerlas en el pasillo. Su madre gritaba y rompía cosas en el baño… el llanto lo ahogaba pero él se sobreponía y argumentaba, tratando de evitar lo inevitable, ignorando que la fatalidad llega un día y se lo lleva todo… <<Pero papá>>… ensayé el viejo recurso de que ahora sería más lindo porque tendría dos casas… se que algo especial le rompí ese día. Algo bonito e irrecuperable.”

El relato que le da titulo al libro: Sólo quiero que amanezca, es todo, es como aquel largo rollo del revelado negativo de la antigua cámara, mostrando las imágenes de una desgracia. Desgracia que ocurre en cada familia por negligencia social, esa misma que todos ejercemos en mayor o menor grado, desgracia que poseemos a la escala de muestra negligencia. El hombre traumatizado, la mujer desfigurada, los jóvenes muertos. No hay otra forma de hablar de la crudeza de este relato. Citarlo, sería quitarle al lector la emoción de leerlo.

En el texto Una noche de Kierkegaard, mantiene una curiosa alusión al filósofo danés y seguramente a su teoría del miedo existencial, poco discutida en el este siglo por lo masas intelectuales, pero que dio que hacer en el siglo pasado, junto a la perspectivas de la existencia y vida de Nietzsche y Unamuno. Un hombre que no sabe donde está, y cuando lo descubre prefiere seguir postrado en el nicho donde lo dejaron, respuesta del hombre ante el peligro de la muerte, hastío gris, parecido a sentarse en el abismo antes de caer en él. “Cuando abrí los ojos no supe dónde estaba. Tenía la boca agria y la cabeza molida. Supuse que estaba en un auto y así era. En un Volkswagen”. Volvemos a ver la estructura que podría definirse puntiforme, o de frases cortas, que adhiere a la narración un sentido de rapidez, como si abordáramos una montaña rusa que nos conduce hasta su última estación que nunca imaginamos cuando será. “Tenía un barullo en la mente… no conocía la calle. Sólo veía pilones de arena a lado y lado y casas y paredes sin frisar… ayudado por la luz de un poste, busqué mi rostro en el espejo… estaba todo partido y tenía los labios hinchados. Tenía sangre en la nariz y sangre seca en la boca. Comencé a recordar una pelea. Los que me buscaban me habían encontrado. Venían por su dinero… volví a mirarme en el espejo. No era más que un pobre diablo que había caído. El que a los once años juró ser astronauta. El mismo que ahora despierta, en otra noche de Kierkegaard, en el asiento de atrás de un carro y saca los pies por la ventana hasta ver salir el sol entre sus dos zapatos de goma.”

El siguiente cuento: Sir Galahad, toma el nombre del más hermoso y puro caballero de la mesa redonda para narrar la historia de un franco tirador urbano que salvó a una señora de un asalto. “Hubiese querido declarar que cuando vi al motorizado sacar el arma y encañonar a la señora del Daewoo rojo en el semáforo, fue cuando el segundo carro que me pareció un Caprice viejo pero bien conservado… salió aquel tipo, aquella especie de caballero de sangre fría, abrió la puerta sigilosamente, montó el arma, un pistolón inmenso, se volvió hacia nosotros y a través del parabrisa nos dijo: <<es mío>>”. El superhéroe metropolitano o algo así, ese deseo de justicia, pero una justicia que sea ajena a nuestro accionar. “un caballero es hoy la más desdichada criatura del mundo y la más menesterosa, y mañana tendrá dos o tres coronas de reino que dar a su escudero, me hubiese gustado suministrar algunos cuantos datos falsos para confundir, para enredar a la policía. Abrumar con señales equívocas, contradictorias, para que nunca diesen con el homicida. Como me hubiese complacido acordar con otros testigos para encubrir al caballero vengador y errante que inmutable ejecutara su espontanea sentencia un mediodía de treinta y siete grados en una arteria congestionada de la ciudad, un lunes de carnaval… declarar que traía yelmo. Armadura y espada. Decir que vestía de hidalgo. De los de lanza en astillero… pero no hubo oportunidad. Ni Caprice viejo, ni caballero andante. Sólo otra mujer asaltada en su carro delante de todos, diagonal al templete del rey Momo, en pleno semáforo de Parque Central.” ¿Quién mejor que la voz de Marcano para llevarnos a una conclusión?

 

Últimos gritos de una noche de crédulos donde Villon canta romances

La narrativa urbana tiene un fenómeno admirable, es el subgénero más verosímil, surja lo que surja, quien vive en la urbe de una u otra forma, se imagina todas las cosas maravillosas que pueden suceder en ella. No habría diferencia, si el relato comenzara con la retahíla: esta historia me la contó el amigo de un amigo, muy poca sería la diferencia. En los últimos cinco relatos de este libro nace una componenda del resto de ejes temáticos manejados, además incluye el cinismo, el idealismo, la inocencia y la cruda necesidad de existir, buscar las formas de existir. En el relato: Mester de clerecía, un personaje que aparenta discapacidad mental conduce a un grupo de niños hasta un campo repleto de abastecimientos para una posible guerrilla. La inocencia transmutada, la credulidad del que aún guarda ideales, la pasión propia del idealista, todo ello pintado con suaves sátiras. “Está era una vez un tipo que se llamaba Lastreto”, una historia que aparentemente es contada desde los ojos de un niño, casi adolescente.

A los que nunca terminaron nada, es un relato curioso donde el narrador describe el encuentro, develar y marchitar de una relación. La simple casualidad. Las mentiras. Exceso de franqueza. Dos seres que lo único que los une y los hace pares es un alcoholismo. Ella, faltó a alcohólicos anónimos por que tiemblaban las manos, a él le empiezan a temblar. Ella es lesbiana, el tiene mucho tiempo sin sexo. Ambos terminan donde comenzaron. Es el resultado de retar al destino en las narraciones de Marcano, siempre se vuelve con las manos vacías a casa. “No tuve tiempo de pensarlo. Se bajó del asiento giratorio y pasó un pierna por sobre las mías colgándose entre la barra y yo… Tomó mi cabeza entre sus manos, abrió sus carnosos labios y los posó sobre los míos…Giré la cabeza y una mujer fornida y con las manos en la cintura la auscultaba con odio. Se vino hacia nosotros… — estás borracha. Te he buscado todo el día. Ni siquiera fuiste a Alcohólicos Anónimos. No tienes ni una pizca de consideración. Me fui tambaleando. Con el puño cerrado en torno al cuello de una botella metida en una bolsa de papel. Antes de salir volteé. Una estaba al lado de Otra, comiendo de una bolsa de chicharrón picante y bebiendo té de menta en una horrible jarra de cerveza…”

Ante todo, la lectura de estos textos deja un sentimiento de soledad en el aliento. No puede perderse el placer de leerlos a toda costa, es una experiencia de renovación de conceptos en cuanto a la literatura urbana de nuestro país. En el cuento titulado: con las luces altas, un padre recoge maniáticamente agua en cientos de cacerolas y envases, mientras su hijo es despedido. Cuento en el que la falta de comunicación, deja en evidencia otro fenómeno de esta  sociedad. El hijo no comprende al padre hasta que éste muere. La técnica, es muy parecida a otros relatos, el valor de este texto está en el mensaje reflexivo que se intuye.

Una cajita feliz, relato interesante, donde se plasma el cinismo de un taxista que da placer a bellas damas de sociedad, envuelto en el suicidio de la chica del piso de arriba. “La tenía en cuatro cuando vio el cuerpo caer por la ventana. Sacó el miembro empantanado y la pasajera exhaló”,  la mujer descifra en la lectura el vacío de una dama pudiente que conoce su destino. Se siente sola. El taxista no la complace, se preocupa más por su carro. Todo es el diálogo deficiente entre alguien que necesita comunicar algo, y otro ser que no tiene los códices morales para entender. “—tengo cáncer — dijo la pasajera. Y se le llenaron los ojos de lágrimas. / Él se quedó paralizado, rabioso, mirándola, convencido de que ahora si le rayarían el carro.”. Muy parecida a la trama de Un Restaurante Italiano, donde la habitación se queda sin eco, sin respuesta. El hombre coleccionaba los muñequitos de la cajita feliz, como símbolo de su eterna soledad. “—Movemos el carro y, antes de llevarte, paramos en un Auto Mac, pedimos una Cajita Feliz y hablamos…”

En el último relato del libro, encontramos la cohesión de muchos otros. Bolsas de agua, haciendo mención al líquido con el que está constituido buena parte del mundo y hasta nosotros mismos. Cuenta el samaritano encuentro con una puta golpeada por su chulo, mientras él se debate en la soledad intermitente de la existencia. Una narración en primera persona que realiza un análisis al actuar del universo, donde sentencias como éstas tiene cabida: “el mundo era un sitio duro. Encima nos cuece un sol negro”, “hágase, señor tu, voluntad. A estas alturas me tiene sin cuidado”, “Líbranos de todo mal o púdrete”.

Después del amanecer… el rock urbano y algo más…

 

A la hora de asociar Sólo quiero que amanezca a alguna de mis lecturas anteriores, no puedo desprenderme de la melodía de los poemas de Julio Miranda al leer a Oscar Marcano. Cada uno con su ritmo. Con su canto a la urbe convulsa. Con su denuncia y propuesta estética que confluyen en las calles de una misma ciudad.

Despertamos una mañana más
somos los sobrevivientes
la ciudad ha sido buena con nosotros
una noche más

pero qué noche: el hombre gritaba
borracho o aterrorizado y quizá ambas cosas
—ya nunca lo sabremos—
me quieren matar, estos tipos
me quieren matar, llamen a la policía
me quie
(mientras: cállete, vale — decían
los otros, con escalofriante suavidad)


y dos mil, tres mil vecinos agazapados
en los altos edificios escuchábamos

en silencio
(una sola enorme respiración contendida)
(un enorme ejército tembloroso)

todos deseando que el hombre se callara
que lo mataran o no, pero que callara
que lo liquidaran en otro lugar mucho más lejos
o que fuera una broma siniestra
pero que se callara o lo callaran de una vez

y se calló

y esta mañana en los ascensores nadie miraba a nadie
y en la acera no había cadáveres ni manchas de sangre
y los periódicos ignoran el asunto
y nosotros también[IV]

 

Sólo quiero que amanezca es un tributo a la ciudad, a la vida cosmopolita, un llamado a romper con las cadenas de la alineación que nos enceguecen, detienen nuestro sentido de la humanidad. Una narración realista, cruda, sincera, que describe las conductas medievales de los habitantes de la ciudad. Narración que desmiente el mito de la sociedad moderna, humana y libre pensante, esa misma que cree que puede dominar al mundo y conducirlo a su destrucción. Sin caer en ambigüedades morales, Marcano nos presenta un retrato de lo que somos, sin juicios que logren perturbar la intimidad del lector, sino una simple liturgia con el ir y venir de los días.

Tan sólo hay que imaginar la Francia de Villon, los cabarets llenos de bellas mujeres, los gruesos tragos de vino francés, sus ojos cerrados, recordando los dramas de las sucias calles parisinas, la corrupción, la muerte en cada esquina, la trata de blanca, robar para comer, entonces, después de eso, podréis ver a Caracas sonreír mientras el Ávila engulle con sus afilados dientes a sus efervescentes habitantes.

Luis Perozo Cervantes

Maracaibo, 27 de abril de 2008

 

Bibliografía

 

MARCANO, Oscar, Sólo quiero que amanezca.

MIRANDA, Julio, Rock Urbano. Ediciones de la Dirección de Cultura de LUZ.

VILLON, François, Poesía, Editorial Oveja Negra.

[I] François Villon (c. 1431-c. 1463), poeta francés considerado en opinión de muchos especialistas como el poeta lírico más destacado, por la belleza y originalidad de su poesía y su extraordinario poder evocativo.

[II] Rodión Románovich Raskólnikov (ruso: Родион Романович Раскольников) es el protagonista de la novela rusaCrimen y Castigo” de Dostoievski. A lo largo del libro se lo llama también Rodya, Ródenka, y Rodka. El nombre Raskólnikov viene de la palabra rusa raskólnik que significa cismático.

[III] PSICONARRACIÓN. Narración indirecta de la intimidad psíquica de los personajes a cargo del narrador omnisciente.

[IV] Poemas titulado Rock Urbano, del poeta Julio Miranda (1945-1998).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s