Poemática del Salto: Vientos de Mayo de Vanessa Pérez Moreno.

presentación

Trasciende entonces las alturas de todos los edificios de la ciudad. El poema es más alto que las torres del silencio en Caracas. El poema, como un cóndor, vuela entre las cimas, muy altas de los andes. O quizá zamuro, ave de carroña, que observa con atención a todos los seres vivos de Maracaibo, deseoso de la tragedia. Planear, volar, enfrentarse a los vientos. Ser el silbido lejano de la brisa que cuela entre las ventanas de un piso alto, de un alto departamento, que mágicamente se llena de olor, de inciensos de ultratumba y donde el aire se aterciopela como un océano de pétalos de girasol, miles de pétalos de girasoles heridos por la realidad.

A veces, podemos ver la vida en dos colores: muchos usan el blanco y el negro para diferenciar las realidades buenas de las malas. Otros lo hacen con los colores de los partidos políticos, rojos y azules. Cada uno aferrado a un extremo, sin ver los espacios, muy amplios, donde se comunican, donde se vuelven ambiguos, se fortalecen. Vientos de Mayo está escrito en el torbellino espiritual que provoca el degradado infinito de grises que hay entre la culpa y el deseo; escrito con un pie puesto en la inocencia de la víctima y otro en el rencor del acusado: un poemario de lectura veloz, que te conduce, como un suspiro, a la sensación, acuosa siempre, que se hallamos entre la nostalgia y el miedo.

Tematológicamente, los poemas que componen Vientos de Mayo, primer libro de la autoría de Vanessa Pérez Moreno, son un recuento de sensaciones, expresiones y cuestionamientos sobre la madurez y consumación de una mujer; el trazo que define el rostros de un individuo, poderosamente femenino, y que camufla una anécdota fatal, dolorosamente interiorizada, dolorosamente exteriorizada y plenamente catártica. El tema del libro es la poeta hablándole a su padre difunto. Sintácticamente, obedece a la tradición del poema en prosa, que libra la responsabilidad de los ripios versales, y le da soltura narrativa al texto, permitiendo que la descripción se articule y se preposicionalice con libertad: creo que allí hay un acierto técnico, sin el cual la comunicación del asunto poético habría sido imposible. En su estructura textual, nos encontramos con las estancias de un monólogo epistolar, plagado de metáforas, que nos sustrae de la rugosa visión de los hechos que tiene la poeta-sufriente y nos sublima hasta alcanzar un plano cuasimetafísico de lo burdo y doloroso de la anécdota; en un logrado proceso de transmutación de la palabra.

En cuanto al asunto poético: el padre como asunto, se remonta desde las coplas de Jorge Manrique, pasando por una extensa tradición donde siempre gusto de enumerar Algo sobre la muerte del mayor Sabines, de mexicano Jaime Sabines o Mi Padre el Inmigrante del gran poeta venezolano Vicente Gerbasi; el padre como asunto, socaba de entre nosotros una poderosa fuerza poética que nos comunica con la prosperidad, el deseo de unidad familiar, el descansar de las cargas, la confianza. En Vientos de Mayo, está latente el discurso clásico de la elegía paterna, y se prepondera con el doloroso tránsito de la anécdota que la suscita: en el poemario, cada vez que se mencionan las palabras-talismanes: viento, vuelo, caída, alas, nos hallamos con poetización de una realidad, y su diversidad de colores, que deja de ser reproche para encarnar la disculpa, que de violento vendaval se convierte en arrullo.

María Calcaño, al igual que Vanessa Pérez Moreno, consiguió en su primer poemario poetizar asuntos dolorosos, como el aborto, la soledad y la discriminación, hasta ponerlos en la metáfora y regodearse con lo bello, en la herida de lo vivo. Le auguro a Vientos de Mayo la misma suerte y popularidad que ha tenido entre los lectores modernos el libro Alas fatales de María Calcaño. En ambos libros, encuentro una manera eficiente y peculiar de aferrarse a lo que duele, a lo que tranca la glotis, al trago amargo de nuestra mala suerte; para entregar la descarnada realidad del poema, la realidad poética, el poderoso yo ficcional que solo es posible en el inmenso lago, brutal e inocente, que es la poesía.

Siguiendo con el palimpsesto, y atendiendo a un asunto poético universal que se trata transversalmente en Vientos de Mayo, veo con claridad, a través de sus líneas, la potencia de una voz femenina que tiene parentelas en Lydda Franco Farrias y en Alejandra Pizarnik. Lydda, agobiada por la sociedad machista, escribe su poemario Una, que yo automáticamente veo en los verbos cruciales del poemario Vientos de Mayo, donde Vanessa, aprovecha el monologo dirigido a su padre para autoexplorarse poéticamente y definir de forma universal un bestiario interno de la feminidad, al que muchos hombres no tenemos acceso, y que contribuye ampliamente a la necesaria exposición del yo-mujer en nuestra poética nacional. De ese bestiario femenino, y de la cadencia interna de las metáforas, que se nos asoman desde lo táctil y olfativo, poca veces desde lo visual, como un símil de la relación humana con etéreo del aire, hago una conexión con uno de mis libros favoritos en voz de mujer, me refiero a Árbol de sombra, de la poeta argentina Alejandra Pizarnik, donde con imágenes surrealistas de alto calado, se nos muestra a la mujer y su mito en plenitud; como sucede en Vientos de Mayo de Vanessa Pérez Moreno, quien se va haciendo dúctil con el viento, cálida como las respiraciones del orgasmo y al final se redime de la caída mortal de la anécdota, con la liviandad de haberse entregado por entro en las letras de su primer libro.

Solo se puede ser plenamente autobiográfico en la poesía. Una novela de la misma tematología habría caído en retruécano de triller, quizá solo Margarita Yourcenart hubiese podido escribir en otro género un texto mejor que el que ha escrito Vanessa, en poesía, con estos asuntos.

Al terminar mi tercera lectura de este libro; y después de conocer, hace pocos días, lo que compondría la crítica genética de sus textos, se abrió ante mí un universo de sensaciones, que me condujeron hasta la muerte de mi propio padre, y me he sentido en la obligación de dejarme poseer por el yugo lírico de Vientos de Mayo, me he sentido libre de la presiones al llegar al último poema, me he despedido de mi padre y del Jesús Pérez, el padre de Vanessa, y de los otros difuntos, que siempre cargamos y sentimos abordo. Esta relación de duelo, que he experimentado como receptor del texto, me hace valorar el poemario de Vanessa Pérez Moreno, como un cuerpo funcional, que activa los infinitos vasos comunicantes que nos habitan, y que en cada uno de usted llenará la copa que tengan reservada la muerte de sus figuras paternas, si estos les han amado y acompañado; o la descarga del reproche, si estos padres suyos, los han abandonado. Las respuestas a esas preguntas están contenidas en estos Vientos de mayo, por eso hay que prestar atención al susurro que es la naciente voz poética de Vanessa Pérez Moreno, porque adentro contiene el grito, la diáspora, el oprobio y el perdón.

Ahora les queda a los lectores la dura tarea de acudir a la hermenéutica (o si son más flojos, atapuzarse de símbolos e irse por semiótica) para descubrir el cifrado de la anécdota y maravillarse, como hice yo recientemente, con la doble textura de este poemario, aparentemente confesional y erótico, pero en el fondo profundamente místico y elegiaco.

Agradezco a Vanessa el honor de invitarme a presentar su hermoso libro. Le deseo larga vida a los Vientos de Mayo y que la voz de Vanessa Pérez Moreno siga soplando para llenarnos de poemas.

Maracaibo, 27 de agosto de 2015

vanesa y yoco vanessa

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